En la historia de los estados y de los pueblos, el hombre activo, el militar, el político, escala los primeros planos y el ser contemplativo sólo lleva una vida oculta en las sombras, sin fama y sin gloria. Pero en la historia de la Iglesia ambos se dan fraternalmente la mano. La Iglesia ha defendido siempre la coexistencia del contemplativo. Mientras que la Iglesia lucha contra el Anticristo, requiere de hombres que, como Moisés, suplican con las manos levantadas, al tiempo que el pueblo lucha. Este es el sentido de la vida, tan despreciada, del ermitaño y del monje.

Antonio nació alrededor del año 251 en Kome, en el centro de Egipto, hijo de padres ricos, mimado y abandonado a los caprichos de su propia voluntad.

Esta mundana placidez terminó repentinamente al morir sus padres; uno poco después del otro. Entonces se tuvo que ocupar por entero de la administración de sus bienes y del cuidado de su hermana menor. Lo transformaron las palabras de Jesús que nos trasmite san Mateo y que escuchó en la predicación del Evangelio en una iglesia: "Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes ..." (Mt 19,21).

Llevó a su hermana a un asilo, vendió o regaló todo y se retiró con sus amigos ermitaños para pertenecer, como ellos, sólo a Dios. Esa decisión, que tomó libremente y sin mayor es-fuerzo, no carece de grandeza, pues requiere un corazón valiente y un amor ardiente a Dios, para romper todas las ligaduras.

Con alegría lo aceptaron los ermitaños en su comunidad y le enseñaron aquel ascetismo del cuerpo y del espíritu, madurado en la experiencia de decenios. De día cultivaba una parcela en el desierto para alimentarse, de noche oraba y cantaba los salmos. Pronto, el ignorante se asemejó a los eruditos. Las meditaciones frecuentes y la gracia de Dios le habían dado visiones místicas que le envidiaban aun los ermitaños más ancianos. Al hablar de él ya sólo lo llamaban "el preferido de Dios" y agradecían al cielo que este joven continuara la tradición de los ermitaños, ya casi condenada a desaparecer.

Pronto se le acercaron los eternos opositores de todo lo divino. Apariencias diabólicas lo torturaron cruelmente y, si lo dejaban en paz, el anhelo de escuchar una voz humana lo sumergió en la melancolía; luego lo atormentaron imágenes impuras e ideas de vanidad. Así volvió a encontrar en el desierto todos los vicios de la humanidad que había querido esquivar.

Dos decenios luchó por conseguir la paz, con la gracia de Dios. Sus antiguos compañeros le rogaron que fuera su guía en la búsqueda de la perfección. Se negó por mucho tiempo, porque la vida en comunidad era incompatible con el ideal del ermitaño. Pero cuando se lo pidieron con más urgencia, prescindió de estar sólo con Dios, para salvar el monacato de Egipto.

El que se disponía a ser un discípulo sabía que le esperaba una educación severa. El mona-cato, como lo consideraba Antonio, no era un sufrimiento blando, una meditación vacía ni menos una huida del mundo o un lirismo romántico, sino un trabajo difícil, ininterrumpido, en las arenas del desierto y acompañado de durísimas penitencias por las culpas ajenas. Su ascetismo fue estricto, pero sólo así logró educar caracteres que estaban preparados a arrostrar las sangrientas persecuciones del emperador Maximino Daza.

No sólo los ermitaños buscaban acercársele. En cada caravana venían funcionarios, comerciantes, soldados y gente de toda profesión, que quería presentarle sus penas y solicitar su intercesión. Asimismo, llegaron los emisarios de Arrio para usar su nombre en pro de su heterodoxia y sus sueños ambiciosos de poder. Entonces él, por lo general tan tranquilo, se transformaba en un verdadero gigante, que condenaba los errores de Arrio.

Antonio ya contaba cien años de edad, cuando decidió, con heroico sacrificio, recorrer todas las comunidades monásticas para confinarlas en la verdadera doctrina de la Iglesia de Cristo.

Dicha predicación agotó sus últimas fuerzas. Murió a los 105 años en el monte Kolzim. El efecto de su entrega monástica fue grande. Aún muchos siglos después, su vida, descrita por Atanasio, incitó a muchos a abandonar voluntariamente el mundo y a vivir sólo para Dios.