Por: Onofre Peñaranda, Pbro.

Columnista

Muchos creen que la fe  s algo que se puede vivir aparte de la vida. La fe es un encuentro con Cristo que se produce en el sendero de la vida ordinaria. No se puede entender como una doctrina o filosofía o verdades aprendidas de memoria.  La fe como adhesión total a la persona de Cristo entraña confianza y obediencia y se manifiesta en la acción. 

Obrar que debe transformar el mundo personal y social para hacerlo libre y humano. Jesús fue alguien metido en la realidad de este mundo. Esto nos lleva a pensar en la doble dimensión de la fe: Una naturaleza sacramental y otra política. Por eso el que cree se compromete con la sociedad

y celebra los signos sacramentales. La dimensión política, destacada por el papa Francisco, está llamada a no ser otra cosa que el arte de la convivencia: Convivir de manera generosa, compartir los dones del mundo, en un planeta que, a pesar de tantas depredaciones y saqueos, es todavía un

escenario prodigioso de belleza y riqueza, lleno de dones conmovedores. Creer es disfrutar de este país sin destruirlo o cerrar sus fronteras. 

Lamentablemente, se ha hecho de la dimensión política, no un ágora, del debate, de negociación y de acuerdos entre posiciones distintas, sino, para desgracia de la patria, un campo de agresión, de sentimientos y exclusión en lo político y en lo social. 

La degradación de la guerra de más de 50 años, más larga que romance de ciego, ha ido dañando todo lo que toca: las instituciones, la vida del campo y las comunidades indígenas. La insistencia o terquedad de nuestros representantes hace que no vean otro camino que su conveniencia personal. Al desconocer la dimensión política de la fe siguen manteniendo una sociedad polarizada en odios dramáticos, con gobiernos más débiles que cabellos de bebe, con caciques curtidos, corrupción y tráfico de drogas.