Jesús, un niño como todos... (Lc 2, 41-50) 

Me encanta el pasaje del Evangelio de san Lucas en el que nos relata la anécdota del Niño Jesús perdido y hallado en el templo. Por lo visto también a san José y a la Virgen María les pasó lo que les pasa a muchos padres de familia, que la inquietud de los hijos rebasa todos sus cuidados. Me gusta imaginar el encuentro de los castos esposos al atardecer del primer día de viaje cuando extrañan a su hijo y comienzan su búsqueda entre los paisanos y familiares.

Los papás que extravían un hijo comprenden la angustia de José y María. Regresaron presurosos a Jerusalén y dirigieron sus pasos a la casa del padre, al templo, fin de todo peregrinar del pueblo judío. Me encanta el regaño de maría a su hijo por fin bien encontrado.

Exactamente como el regaño de toda mamá de hoy y de todos los tiempos. Ella no piensa tan sólo en sí misma, ella une a su angustia la angustia de José y así hace valer doble su reprensión: “Tu padre y yo, angustiados te buscábamos”. Y me encanta la respuesta adolescente, un tanto retadora, en defensa de su temprana madurez e independencia. Esa respuesta que nos indica la temprana conciencia de su divinidad: “¿Y por qué me buscaban; no saben que debo atender los negocios de mi Padre?” Algo así como si les dijera: “Ya estoy grande, no soy un niñito, déjenme ser libre”. ¿Dónde hemos oído eso? ¡Lo dicen todos los días, toda la vida, los hijos adolescentes que ya no se sienten niños y tienen ansias de libertad. 

Kiko Argüello, ese gran hombre de Iglesia, pintó el icono de la Sagrada Familia que se usa como símbolo de los Encuentros Mundiales de la Familia, y en él como que retrató ese momento en el que la familia de Jesús regresa a Nazaret después de su aventura de libertad: Jesús, ya adolescente, regresa en hombros de su padre, como un niño juguetón que trata de congraciarse con José. San Lucas expresa esto más claramente: “Regresó con ellos y les estuvo sujeto”, es decir, de ahí en adelante los obedeció siempre. ¡Jesús, un niño como todos!

 

La familia moldea

Lo que he sido, lo que soy y seré, se lo debo en gran parte a mi familia. Para bien o para mal, la familia nos moldea y, aunque no nos determina porque somos libres, sí influye en nuestra vida, de la cuna a la tumba. Forjadora de los hombres y mujeres del futuro, tiene primordial importancia en la sociedad civil, de la que debe recibir el apoyo necesario para cumplir su misión.

 

Ataques a la familia

Revisten especial maldad, los criminales atentados contra la familia: el asesinato de los hijos antes de nacer, la propaganda contra la indisolubilidad del vínculo matrimonial, el amor libre, el ejercicio irresponsable de la sexualidad, el rechazo egoísta a la procreación, el abandono de los padres ancianos, el abandono temprano del hogar.

Dañan también a la familia las limitaciones que impone la miseria moral o física: el papá que emigra en busca de trabajo, la mamá soltera que descuida a sus hijos por ganarles un pan para comer, el abandono de la escuela, los niños que trabajan, la falta de vivienda, la falta de atención médica, el alcoholismo y la drogadicción crecientes, la violencia física y verbal, el machismo...

 

La familia como valor

En el ambiente rural, la familia es un factor de sobre vivencia. Vemos con frecuencia como en esas grandes familias patriarcales o matriarcales, cuando por algún motivo falta el esposo, los abuelos y los tíos se hacen cargo del sostenimiento y acompañamiento de la esposa y de sus hijos. En esas familias casi no se ven casos de ancianos abandonados o marginados; ellos siguen a los pies del cañón, productivos y apreciados, hasta el momento de su muerte. La familia rural va más allá de la pareja y los hijos, y el lazo con los abuelos, tíos y primos, por lejanos que sean, es fuerte y eficaz. Esto mismo sucede en los barrios de las ciudades que tienen vecinos arraigados por muchas generaciones. Este tipo de familia, al que llaman molecular, es un valor digno de aprecio.

El fenómeno urbano, los campesinos que emigran del campo a la ciudad, ha producido un nuevo tipo de familia concentrada en la pareja y los hijos, refugiados y aislados en un departamentito en el que las circunstancias los obligan a ser autos suficientes. Este tipo especial de familias fomenta la intimidad de la pareja y el enriquecimiento de las relaciones entre padres e hijos; sin el apoyo de la comunidad se ven en la necesidad de crear su propia forma de vivir.

De ahí la necesidad de que las familias de este tipo formen parte de grupos, acudan a centros de cultura, fomenten la amistad con los vecinos y se integren a una comunidad religiosa para poder vivir en sociedad, porque la compañía enriquece.

 

La educación familiar...

  • Los miembros de la familia deben tener motivos para sentirse orgullosos de ella y “amar la camiseta”.
  • La familia cristiana funciona como una Iglesia doméstica, comunidad de fe, amor y alabanza.
  • El respeto a la autoridad paterna y a la dignidad de los hijos crea relaciones llenas de armonía en las que el miedo no tiene lugar.
  • El bienestar económico es importante, mientras no disminuya la atención y la convivencia familiar. Toda mujer tiene derecho a ser madre de tiempo completo.
  • No es la familia pequeña la que vive mejor; es la familia en la que hay padres responsables y unidos por el amor. 

 

Pbro. Sergio G. Román

Edición 642

5 de diciembre 2010

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