Por: Miguel Pastorino.  es.aleteia.org

 

Despertar el deseo de conocimiento es desde los antiguos filósofos griegos la esencia de la educación. El primer paso es el arte de escuchar. La escucha es el cimiento de la práctica educativa. El maestro debe escuchar a su alumno para conocerlo, para analizar cómo es. Solo si lo escucha podrá hacerle las preguntas adecuadas que lo guíen a pensar mejor. Solo si escucha podrá ofrecer un discurso que sea significativo y lleve a la reflexión a quienes reciben su enseñanza.

Los alumnos cambian positivamente cuando tienen un maestro, un profesor, que los escucha, que les presta atención y se interesa por ellos. A su vez, el alumno solo podrá aprender lo que le enseñan si antes aprendió a escuchar. Escuchar le llevará a ampliar su lenguaje, a desarrollar un pensamiento más crítico, a reflexionar gracias también a una interacción con otro ser humanos. Escuchar permite salir de sí mismo y encontrar en el otro alguien con quien crecer, con quien ampliar su conocimiento. La mutua escucha es un excelente punto de partida en la relación entre educadores y educandos. 

A su vez, para que esto sea posible es necesario que ambos se muevan por el deseo del encuentro con el otro, por una auténtica relación de apertura. Si quien enseña no tiene deseos de dar a conocer lo que sabe, de compartir su experiencia, de ofrecerse a sí mismo, no puede darse una auténtica práctica educativa. La pasión por la propia vocación docente, el amor por el alumno y el deseo de educar, impactan en quien escucha de modo determinante. Aunque esto tampoco es posible si del otro lado no hay alguien dispuesto a escuchar, a recibir la sabiduría que el maestro le entrega. 

Gran parte de la crisis educativa tiene que ver con esta crisis del deseo y de la escucha, donde muchas veces, tanto de un lado como del otro, no hay un apasionado deseo por enseñar o por aprender. 

Una larga lista de dificultades

En la actual crisis que vive la educación, en medio de grandes transformaciones socioculturales, parecería algo ingenuo pensar que solo con recuperar el deseo de enseñar y de aprender se resolverían todos los problemas, porque no todo depende del educador concreto.

Es cierto que los expertos en educación detectan graves dificultades entre los modelos tradicionales de enseñanza y las generaciones actuales; desde las dificultades para seguir mentalmente un discurso oral durante varios minutos, hasta para comprender argumentos, para abstraer temas complejos, sin utilizar recursos audiovisuales.

Los que viven atrapados en las pantallas y redes sociales, hiperestimulados por el ruido constante y la fugacidad de los contenidos, parecerían seres a los que captar su atención podría ser un desafío titánico.

Podemos agregar a esto problemas sociales, políticos e institucionales, dificultades y límites estructurales y el descrédito que la figura del educador y maestro tiene en algunas sociedades como la nuestra que pone en entredicho su autoridad y valía. La falta de reconocimiento social que no le pone en un lugar ejemplar ante sus alumnos, la situación parece cada vez más difícil.  

Por otra parte, la educación en muchas partes ha comprado el mito de la igualdad. Está claro que nadie con sentido común ha de oponerse a la igualdad de oportunidades y a la inclusión de todos en el sistema educativo. Pero cuando se confunde la equidad con que todos deben ser iguales en todo, se quiere pelear contra la naturaleza y se termina bajando el nivel de exigencia para favorecer a los menos capaces.

La vida nos enseña a todos que no somos iguales y que no tenemos las mismas capacidades físicas ni intelectuales para realizar diferentes tareas. Sin embargo, sigue siendo moneda corriente la presión institucional o de los propios padres a los docentes para que no exijan lo que naturalmente deberían exigir para poder enseñar. 

Otro problema que afecta a todos los niveles es la colonización de la mentalidad instrumental que solo busca resultados, con un pragmatismo aplastante que hace perder el gusto por el saber y anestesia la curiosidad que lleva a la búsqueda del conocimiento. Si lo que importa son las notas, los créditos, los resultados que se miden como si fuera una cadena productiva, el saber ya no vale nada más que como medio para alcanzar otros intereses.

Muchos jóvenes universitarios asisten a una conferencia o seminario, no por el interés en el tema, sino por los créditos que puede sumar. Cuando la lista de dificultades es grande, se suele perder de vista lo esencial, lo fundamental. 

Salir al encuentro del otro 

Vivimos en una época narcisista, donde las personas están demasiado centradas en su propio ombligo y lo que no tiene que ver con ellos, no les interesa. Las redes sociales a su vez amplifican este narcisismo de estar pendiente de sí mismo y de la propia imagen.

 Por eso quien educa ha de tener en cuenta que solo capta la atención de quien le escucha si lo que va a decir es significativo para el oyente, es decir, si tiene que ver con sus intereses, con sus preguntas, con su propia vida. Pero no ha de quedarse allí instalado, sino que desde ese punto de contacto ha de ayudarle a descubrir que hay un mundo más allá de sí mismo. De hecho, llegamos a saber quiénes somos realmente cuando nos vemos obligados a salir de nosotros mismos y aprendemos a comunicarlo a los demás. 

El filósofo danés Sören Kierkegaard escribió en “Migajas filosóficas” (1844) que el maestro es la oportunidad para que el discípulo se conozca a sí mismo. Siguiendo los pasos de Sócrates, entiende que lo más importante es que el maestro propicie el autoconocimiento del discípulo y le oriente a hacerse preguntas, a conocerse, a cuestionarse, a pensar por sí mismo. Así, cuando el discípulo se ve impulsado a pensarse a sí mismo, a sumergirse en su propia interioridad, el maestro ya ha cumplido su función. Aunque también el discípulo representa también la posibilidad de que el maestro se conozca a sí mismo, porque también cuando por la inquietud del discípulo, sus preguntas y cuestionamientos, el maestro se ve obligado a expresar lo que sabe y lo que piensa, lo que cree y siente, se ve llamado a decirse a sí mismo y a repensar sus propias ideas. 

Aristóteles y Platón señalan como principio de la filosofía el deseo de saber, innato en todo hombre, excitado por la admiración y la curiosidad ante los fenómenos de la naturaleza. El deseo de saber tiene que ver con la curiosidad, como deseo de saber, conocer, enterarse de cosas. 2600 años después, se demuestra que las instituciones educativas que buscan despertar la curiosidad en los niños y jóvenes, estimulan el deseo de saber, poniendo en el centro al alumno, y donde la figura del maestro-profesor es de un gran prestigio social, son las más reconocidas por sus resultados a nivel mundial. 

Es por todo lo dicho, que es fundamental que el educando tenga el deseo de formarse, de ser mejor, de construirse, de ser la mejor versión de sí mismo. La tarea más importante del educador consiste en avivar este deseo, en encender ese fuego, en sacarlo a la superficie y en ayudar al educando a crecer en libertad y en responsabilidad.