Por: Pbro. Diego Eduardo Fonseca Pineda, director del Centro de Comunicaciones de la Diócesis de Cúcuta

Cada vez se hace muy común escuchar noticias acerca de los desarrollos tecnológicos que llegan para quedarse. Dichos desa­rrollos prometen conceder supuestos placeres y felicidad, que se proyectan a través de diversas plataformas en los que el mundo de hoy se ve inmerso.

Un acercamiento de lo anterior son las redes sociales, en las que las personas proyectan muchos de sus anhelos y deseos, crean perfiles, algunos con in­formación falsa, de lo que no pueden realizar o mostrar en el mundo real; y otros completamente transparentes, en los que hacen presencia en el mundo de la Internet y que, según el gusto de cada uno, les permite navegar en los entornos creados por las empresas de desarrollos tecnológicos.

Dependiendo de lo que se quiere “con­sumir” en cuanto a contenidos, se eli­gen las redes al gusto de cada quien. Para ver de todo un poco, los perfiles de Facebook; para acceder a noticias, comentarios y opiniones, Twitter; y para los que son más gráficos, Insta­gram; o quienes les gusta el audio y el video YouTube o TikTok, entre otros.

Hasta acá pareciera que todo es nor­mal, aun conociendo los riesgos de estas redes, cuando hay vulnerabili­dad o no se saben manejar, o cuando se usan al servicio del mal. Pero, sur­ge una pregunta: ¿Puede haber algo más allá? La respuesta es sí. Desde hace más de una década se ha veni­do escuchando el término Metaverso, que significa, literalmente, un univer­so más allá. Este “universo”, como lo han proyectado gigantes tecnológicos como Facebook y las empresas de rea­lidad virtual o fabricantes de lentes de realidad virtual, pretende ser un “uni­verso” al que se accede a través de la Internet y que requiere de un “Avatar” o una representación virtual de la per­sona, según su gusto y sus deseos. Se trata de diseñar una imagen de perso­na, un cuerpo de ser humano -virtual-que tendrá las características que se le quieran agregar. Se puede “crear” con la estatura deseada, el color de cabe­llo de preferencia, se la podrá poner color de ojos, atributos y facciones específicas, según lo determine quién lo vaya a usar. Requerirá de lentes de realidad virtual para que inmerso en el Metaverso, pueda empezar a moverse en un mundo paralelo o virtual, donde se podrá realizar todo tipo de activida­des, desde relacionarse con personas de cualquier parte del mundo, hasta trabajar, ganar dinero, recrearse o ad­quirir propiedades. Todo desde unos lentes de realidad virtual y sin mover­se para ningún lugar.

Definitivamente pretende ser otro mundo distinto al nuestro, donde se mantendrán unas pequeñas condicio­nes, pero donde también existirá la posibilidad de hacer lo que se desee. Es decir, sería como “nacer” virtual­mente a un mundo creado por las empresas de tecnologías.

Si alguna vez escucharon de un “tamagotchi”, un pequeño dispositivo electrónico que mantenía con “vida” una mascota a la que había que darle de comer, expresarle afecto, ponerla a dormir, estar pendiente de sus necesidades o si no moría; podrán hacerse a una idea de lo que será el Avatar en la realidad virtual o en el Metaverso. Será la representación de la persona, diseñada a su gusto, en un universo en paralelo, en el que se podrá seleccionar qué hacer, cómo ser, con quién interactuar, en qué trabajar y cuándo aparecer o desaparecer. Todo esto, en comunidades virtuales integradas por avatares, donde se realizarán actividades como las del mundo físico.

Aunque falta mucho para eso, sí se hace necesario desde el ámbito de la fe, hacer un análisis de lo que implica la forma como está proyectado ejecutarse y las implicaciones que eso trae para la persona humana. Se trata de descubrir en un primer momento que no se pretende tener a Dios en la vida de las personas, ya que la “creación” del Avatar y del mundo o contexto donde se moverá, será única y exclusiva proyección de los deseos de quien lo maneje. Tendrá la posibilidad de eliminarlo si no le gusta y tendrá que trasladar recursos económicos del mundo real al mundo virtual para poder subsistir, si acaso el trabajo en ese contexto virtual no le alcanza para “vivir”. Ahora, en cuanto a las relaciones o trabajo o acciones y comportamiento de quienes harán presencia en ese Metaverso, no tendrán ningún límite, será muy pocas las reglas que regirán ese mundo y, por ende, se podrá hacer lo que se plazca.

Una persona que desee ingresar al Metaverso, tendrá que desconectar­se por horas del mundo físico, para hacer “vida” en la realidad virtual, lo que indudablemente va generando en las personas una desconexión de la realidad física, del mundo real y por supuesto, la pérdida de la capaci­dad relacional que nos identifica al ser humano.

Podemos entender desde lo anterior, que cada vez se expresa con mayor fuerza el deseo del mundo de eli­minar a Dios de la vida del ser hu­mano y poner en el sitio de Dios al hombre, en un espacio donde todo se podrá hacer y muy poco se podrá limi­tar. Normalmente, eso nunca termina bien.

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