Por: Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta 

Para la gloria de Dios y bien de la Iglesia que amamos, co­menzamos el año 2023 con ánimos renovados y fervor pasto­ral fortalecido, para llevar a cabo la evangelización en nuestra Diócesis de Cúcuta. Damos gracias a Dios por el trabajo pastoral y compro­miso apostólico de todos nuestros sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, seminaristas y fieles de cada una de nuestras parroquias, que hasta el momento se han des­gastado dando lo mejor de sí para llevar a todos a Nuestro Señor Jesu­cristo, respondiendo a ese mandato misionero de ir por todas partes a predicar el Evangelio del Señor. 

Para llevar a cabo esta tarea con la alegría de los hijos de Dios, les garantizo a todos mi oración cons­tante de rodillas frente al Santísimo Sacramento y la celebración diaria de la Eucaristía, con la intención de ayudarles en su crecimiento en la fe, la esperanza y la caridad, para seguir caminando juntos, en el fortalecimiento de una comunidad viva de fe al servicio de Dios y de la Iglesia. 

El llamado permanente del Papa Francisco a ser Iglesia en salida misionera, lo percibo muy vivo en cada uno de los evangelizadores de nuestra Diócesis, ya que encuentro sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos, religiosas y animadores de la evangelización comprome­tidos con la tarea evangelizadora, mediante el Proceso Evangelizador de la Iglesia Particular (PEIP), con una conciencia clara de ser comu­nidades de creyentes en las cuales se realizan y se viven los miste­rios de la Iglesia Universal, que es Una, Santa, Católica y Apostólica. 

Mi compromiso constante consis­te en animarlos para que sigan co­municando la alegría que produce el encuentro con Jesucristo, que es nuestra esperanza. Seguiré dedican­do todo mi tiempo y mi esfuerzo para acompañar en primer lugar a los sacerdotes, invitándolos a cami­nar juntos viviendo este ministerio santo en gracia de Dios y en salida mi­sionera. 

También seguiré de­dicando tiempo para acompañar a las ins­tituciones diocesa­nas, con el fin de que puedan seguir siendo ejemplo de caridad en el desempeño de su misión y finalmente, quiero seguir acom­pañando a los feligreses en cada una de las parroquias, con las visi­tas pastorales y la administración del sacramento de la confirmación, fortaleciendo con ello la acción mi­sionera en cada una de las comuni­dades parroquiales. 

Los invito a asumir como actitud fundamental para continuar este proceso, la acogida de la Santísima Virgen María a la Palabra de Dios, junto con la obediencia a la Iglesia evidenciada en la adhesión alegre y solidaria a nuestro Santo Padre, el Papa Francisco y entendida como comunión eclesial, que nos intro­duce en la comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y que la hacemos visible en nuestra Iglesia Particular, con nuestro compromiso de evangelizar en salida misionera (cf. Evangelii Gaudium #20), que consiste “en salir de la propia co­modidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG 20). 

Nuestro punto de partida tiene que ser una sincera conversión personal, pastoral y de las estruc­turas, de acuerdo con lo que nos enseñan los documentos de la Igle­sia, conscientes que lo que se nos pide a todos es disponernos a la conversión como adhesión perso­nal a Jesucristo, nuestra esperan­za, y a la voluntad de caminar juntos en su seguimiento, siendo este momento inicial la raíz y el cimiento sin los cuales todos los demás esfuerzos resultan artificiales. Esto significa un cam­bio profundo de ac­titud, que conlleva a una transformación de nuestra vida en Cristo (Cfr. Documento de Aparecida #278b, 366). 

Caminando juntos desde la con­versión personal, tenemos la forta­leza que nos da la gracia para vivir la audacia de hacer más evangélica, discipular y participativa, la mane­ra como pensamos y realizamos la pastoral (cfr. DA 368). En este sen­tido, “la conversión pastoral exi­ge que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial con nuevo ardor misione­ro, haciendo que la Iglesia se ma­nifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera” (DA 370). 

Todo este proceso tiene su culmen y realización en la conversión de las estructuras, que solo puede enten­derse en tanto que ellas se vuelvan más misioneras y que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que colo­que a los animadores de la evan­gelización en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a estar con Él y vivir en su presencia (cfr. EG 27). 

Nuestra fuerza está en la Palabra de Nuestro Señor Jesucristo, que es nuestra esperanza y que nos manda en salida misionera a evangelizar al mundo entero (cfr. Mt, 28, 19 - 20), que identificamos como nuestra mi­sión, conscientes de que la fuerza interna, proviene del Espíritu Santo a Quien reconocemos como primer protagonista en la tarea del anuncio del Evangelio (cfr. Evangelii nun­tiandi #75). 

En este compromiso misionero contamos con la protección mater­nal de la Santísima Virgen María y del Glorioso Patriarca San José, nuestro patrono, quienes escucha­ron la Palabra de Dios y entregaron su vida para hacer su voluntad. Con María y San José queremos reno­var nuestro compromiso de cumplir nuestra tarea en salida misionera, para encontrar a nuestros hermanos, entregarles la Palabra de Dios, acer­carlos a Nuestro Señor Jesucristo y comprometerlos a vivir sin temores la alegría del Evangelio. 

En unión de oraciones, reciban mi bendición.

Por: Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta 

El Ministerio Petrino en la Igle­sia Católica se fundamenta en el texto bíblico del Evangelio de san Mateo que enseña: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edifi­caré mi Iglesia” (Mt 16, 18). Con esta certeza que proporciona la Pa­labra de Dios, comprendemos que la misión que desempeña cada uno de los Pontífices de la Iglesia Ca­tólica, es una elección de Dios que responde a su voluntad y al plan de salvación para la humanidad. 

Como fieles bautizados, creyentes en Cristo, estuvimos unidos en ora­ción desde el pasado 28 de diciem­bre, cuando conocimos la noticia que Su Santidad, el Papa emérito Benedicto XVI, experimentaba complicaciones en su salud. Des­pués de su partida a la Casa del Pa­dre, el sábado 31 de diciembre de 2022, queremos presentarles a los bautizados de la Diócesis de Cúcuta esta edición especial del Periódico La Verdad, como un homenaje de esta Iglesia Particular, a quien fue el sucesor de Pedro y Vicario de Cris­to desde el año 2005 a 2013. 

Joseph Ratzinger sufrió los horro­res y las consecuencias de la Se­gunda Guerra Mundial, experiencia dolorosa, que le dio la fuerza inte­rior y la luz necesaria para rechazar, desde su magisterio, el nazismo y todas las políticas que atentan con­tra la libertad y los derechos huma­nos. Decía en Auschwitz: “Hablar en este lugar de horror, cúmulo de crímenes contra Dios y contra los seres humanos sin igual en la his­toria resulta casi imposible. Es es­pecialmente difícil y opresivo para un Papa que viene de Alemania”, lo que le permitió en su humildad como persona, ver de cerca la mise­ria humana causada por el pecado y el horror de la guerra, para enfren­tarlos con decisión y claridad.

Recordamos al Papa emérito Bene­dicto XVI, como un hombre de fe profunda, amor al estudio, dedicado a la academia y de gran producción intelectual, que aportó fe y doctri­na en diversas etapas de su vida, dejándonos un lega­do del que todos nos beneficiamos, porque con su doctrina pro­fundizamos más en la fe en Nuestro Señor Jesucristo. Su expe­riencia cristiana, re­cibida desde el hogar y vivida con gran fer­vor, le llevó a enten­der la fe como un en­cuentro personal con Jesucristo que debe ser anunciado: “No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no se guarden a Cristo para ustedes mismos. Comuniquen a los demás la alegría de su fe. El mundo necesita el testimonio de su fe, necesita ciertamente a Dios” (Mensaje a la juventud en Madrid), enseñándonos que el cristiano no se prepara para un fin de la vida, sino que la fe en Jesucristo prepara al creyente para un encuentro con Él. 

La entrega y vocación que encarnó en su misión, fue un gran testimo­nio para la Iglesia, ya que desde muy joven recibió encargos de gran responsabilidad, que, aunque nunca los esperó, los ejerció con genero­sidad, serenidad y humildad, pero también con seriedad y determi­nación, mostrando con ello que su único deseo siempre fue ser “un humilde servidor de la viña del Se­ñor”, como lo afirmó el día que fue elegido Papa en el año 2005. 

Inició su servicio prominente en la Iglesia como asesor teológico del Concilio Vaticano II, brillando por su grandeza intelectual. Posterior­mente fue Arzobispo de Munich y Frisinga (Alemania); Cardenal, Prefecto para la Doctrina de la Fe y decano del Colegio Cardenalicio. 

A pesar de su admira­ble capacidad intelec­tual, su humildad era lo que más brillaba en su persona. Fue claro e íntegro en sus declaraciones, habló de forma certera, de­nunciando desde el Evangelio los terri­bles males que aque­jaban en su momen­to al mundo y a la fe cristiana. Su humildad fue gracias a la indis­cutible confianza en el Señor, ha­ciendo en todo la voluntad de Dios, que guio su ministerio desde el mo­mento de su ordenación sacerdotal en el año 1951. 

Para la Iglesia ha sido una gran pér­dida, un hombre de fe, que, desde su servicio eclesial y la producción intelectual, contribuyó para que el Evangelio de Jesucristo fuera com­prendido en los diversos ámbitos en los que se mueve el ser humano. Ahora, en la gloria de Dios, hemos ganado un intercesor que pedirá al Señor, para que la Iglesia, en sali­da misionera, continúe su misión anunciando a Jesucristo. El Señor en su gran bondad y proveyendo lo mejor para su Iglesia, concede para cada tiempo los pastores eximios a la altura de las exigencias de las épocas, y desde los carismas que el Espíritu Santo infunde en ellos, sirven oportunamente para seguir guiando la Iglesia, en medio de mu­chas tormentas que la intentan de­rrumbar.

Damos gracias a Dios por la vida y testimonio de Su Santidad, el Papa emérito Benedicto XVI, y nos uni­mos en oración constante con toda la Iglesia Universal, para que esté gozando de la gloria de Dios que predicó con fe y que explicó con la razón a través de sus escritos. 

Pidamos al Señor que siga guiando a la Iglesia por caminos de fe, es­peranza y caridad, de manera que todos nos sintamos protegidos por la gracia de Dios y así, camine­mos juntos, en salida misionera, como hijos de Dios, en el Proceso Evangelizador de nuestra Diócesis, hasta que lleguemos un día a gozar de la plenitud de Dios en su gloria. Que la Santísima Virgen María y el glorioso Patriarca san José, al­cancen del Señor todas las gracias y bendiciones necesarias, para que practicando la enseñanza que nos ha dejado el Papa emérito Benedic­to XVI, podamos crecer en santidad y nos preparemos también nosotros un día no para un fin de nuestra vida, sino para un encuentro con el Señor. 

En unión de oraciones, reciban mi bendición.

 

Por: Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta 

Comenzamos un nuevo Año Litúr­gico con el Tiempo de Adviento que posee una doble caracterís­tica, en primer lugar, es el tiempo de preparación a la Navidad, solemnidad que conmemora la primera venida del Hijo de Dios en la carne, cuando Jesús se hace uno de nosotros, “y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14); y es a su vez, el momento que hace que todos dirijamos la aten­ción a esperar el segundo advenimiento de Cristo, un tiempo de esperanza, por la llegada del momento en que partici­paremos de la gloria de Dios, en el en­cuentro con el Señor cara a cara. 

Desde el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo y el regreso al Padre en la gloriosa Ascensión al Cielo, tenemos la certeza que Él siempre está con noso­tros y camina con nosotros, “sepan que yo estoy con ustedes todos los días has­ta el final de los tiempos” (Mt 28, 20). Esta certeza ha acompañado a la Iglesia a lo largo de toda su historia y en cada celebración de la Navidad, vuelve a re­sonar en nuestro corazón, al preparar­nos paso a paso para la segunda venida del Señor. De la presencia permanente del Señor, debemos sacar un impulso renovado en la vida cristiana, con el deseo interior de caminar desde Cristo y con Cristo, en un proceso de conver­sión constante que es transformación de la vida en Él y que renovamos con ale­gría y fervor interior al comenzar este Tiempo de Adviento, como preparación para que Jesús siga naciendo en nuestro corazón. 

Todo el trabajo pastoral y la evange­lización que realizamos a lo largo del año, tiene como objetivo hacer que Jesús se quede en el corazón de mu­chas personas, para que al celebrar su nacimiento en cada corazón, cada cre­yente tenga un nuevo nacimiento para tener la vida eterna, porque “el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios” (Jn 3, 3), de tal manera que, el proyecto pastoral tiene a Jesucristo como centro a quien “hay que conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transfor­mar con Él la historia hasta su perfecciona­miento en la Jerusalén celeste” (‘Novo Mi­llennio Ineunte’ #29), que preparamos en este Tiempo de Adviento cantando con entusias­mo “ven Señor Jesús” (1 Cor 16, 20). 

El Hijo de Dios que se hizo hombre por amor al ser humano, sigue realizando su obra en nosotros, por eso tenemos que disponer el corazón para convertirnos en testigos de su gracia y también ser instrumentos de ese don para los demás. Prepararnos para cele­brar la Navidad, es contemplar a Jesús que nos invita una vez más a ponernos en salida misionera: “Vayan pues y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19). 

El mandato misionero nos introduce en el misterio mismo de la Encarnación, invitándonos a tener el fervor y el ardor para comunicar ese mensaje, así como lo hicieron los primeros cristianos. Para ello, tenemos la certeza que contamos con la fuerza del mismo Espíritu que fue enviado en Pentecostés y que nos entusiasma hoy a comunicar el mensaje de salvación, animados por la esperan­za en Jesucristo que lo trasforma y lo renueva todo. 

Comenzamos un tiempo del año, en el que vamos a estar muy saturados por lo que el comercio ofrece para prepa­rar la Navidad, que termina por opacar y desdibujar el verdadero sentido del Adviento como preparación para ce­lebrar el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Contemplemos en cada una de estas semanas a Jesús, que viene a salvarnos, abramos el corazón a la gra­cia de Dios y dispongámonos con un corazón limpio a celebrar este tiempo, como un momento de gracia para cami­nar con Cristo, siguiéndolo a Él que es Camino, Verdad y Vida, que nos lleva hasta el Pa­dre (cf. Jn 14, 6). 

Por otra parte, este Tiem­po de Adviento nos invita a detenernos desde el si­lencio del corazón a cap­tar la presencia de Dios en nuestra vida y la im­portancia de la gracia de Dios que habita en nues­tros corazones, que es luz para nuestras vidas que no todos perciben, pero que los cristianos reconocemos como la luz de Cristo que ilumina nuestros corazones. Tendremos muchas luces externas en este tiempo, que iluminan las calles y las casas, pero no dejemos apagar la luz de Jesucristo que quiere iluminar el camino de cada uno, para vivir caminando desde Cristo, sin las tinieblas del mal y del pecado. 

Como creyentes en Cristo, nosotros tenemos la misión de ser reflejo de la luz de Cristo, que iluminó la noche de Belén donde nació Jesús como “Luz del mundo” (Jn 8, 12) y nos pidió que fuéramos luz para los pueblos, “uste­des son la luz del mundo” (Mt 5, 14), cumpliendo el mandato misionero que será posible si nos abrimos a la gracia que nos trae este Tiempo de Adviento y nos hace hombres nuevos en Jesucristo Nuestro Señor, que está con nosotros todos los días hasta el final de los tiem­pos (cf. Mt 28, 20), mientras que anhe­lamos la segunda venida del Señor. Que la Santísima Virgen María, Madre de la Esperanza y el glorioso Patriarca san José, custodio del Niño Jesús, alcancen del Señor la gracia de vivir este tiempo en la espera gozosa del Señor. Agrade­cidos, sigamos adelante. 

En unión de oraciones, reciban mi bendición.

Por: Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta 

Estamos próximos a comenzar la Novena de Navidad que nos prepara para celebrar el nacimiento de Nuestro Señor Jesu­cristo, que viene a darnos la salva­ción: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria” (Jn 1, 14), que nos da la luz para no tropezar en las ti­nieblas del mal y el pecado. Jesús se nos presenta como la estrella que guía nuestros pasos en el caminar de la vida, para que lleguemos un día a contemplar la gloria de Dios. 

Las reflexiones navideñas tienen como tema principal el lema del trabajo pastoral para el 2023 que nos dice: “Caminemos juntos”, iluminados por la pregunta del profeta Amós: “¿Caminan acaso dos juntos, sin haberse puesto de acuerdo”? (Am 3, 3), que nos ayudará a fortalecer el “encuentro con Jesucristo” desde la fe, la es­peranza y la caridad, como pilares importantes que debemos fortale­cer en este tiempo de gracia que el Señor nos concede y que nos lleva a consolidar los vínculos familia­res, en ambiente de oración que nos pone en relación directa con Nues­tro Señor Jesucristo, que viene a nuestro encuentro a habitar en me­dio de nosotros, hasta llevarnos un día a participar de su gloria. 

En el itinerario de vida cristiana de nuestras familias, tenemos el recur­so de contemplar a Jesús que nace en la familia de Nazaret, para traer­nos la paz, dejándonos transformar por la gracia de Dios que sana nues­tros corazones y nuestros hogares y de esa manera caminemos juntos, celebrando la vida, con ánimo re­novado y con la esperanza puesta en el Señor. Así lo ex­presa el Documento de Aparecida cuando afirma: “En el seno de una familia, la persona descubre los motivos y el camino para pertenecer a la familia de Dios. De ella recibimos la vida, la primera ex­periencia del amor y de la fe. El gran te­soro de la educación de los hijos en la fe consiste en la experiencia de una vida familiar que recibe la fe, la conserva, la celebra, la transmite y testimonia” (DA 118). 

Con estas palabras de Aparecida reconocemos el valor de la fe en la vida familiar, que nos permite crear ambientes sanos y fraternos, ayudados por la comunidad de cre­yentes que es la Iglesia, que celebra con gozo el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, que se ha hecho hombre, para abrirnos caminos de conversión y que de esa manera caminemos juntos, celebrando la vida; fortalecidos por la gracia de Dios, dando testimonio del perdón la reconciliación y la paz en la fa­milia, recibiendo al pie del pesebre el regalo más grande que nos trae Jesús. 

Al prepararnos para la Navidad tengamos presente la necesidad de crecer en la fe en el Señor Jesús, fortale­cer la esperanza en Él y vivir la caridad per­sonal y comunitaria­mente. Interioricemos durante este tiempo el mensaje concreto que el Señor nos ofrece en su Palabra, para recibir su perdón y crecer en la reconciliación y la paz que sostiene nuestra vida personal y familiar. 

Los animo a valorar el hogar como lugar de encuentro con Dios y con los hermanos, haciendo de la reu­nión familiar para la Novena de Navidad, un espacio donde brille la gracia y la presencia de Dios, tal como nos lo enseña Aparecida cuando dice: “Creemos que ‘la fa­milia es imagen de Dios que, en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia’. En la comunión de amor de las tres Personas divinas, nuestras fami­lias tienen su origen, su modelo perfecto, su motivación más bella y su último destino” (DA 434). 

Navidad es celebrar el encuen­tro con Jesucristo, que viene a nosotros y se queda para iluminar nuestros pasos por el camino del perdón, la reconciliación y la paz, invitándonos a comunicar la Bue­na Nueva del Evangelio. Que el gozo de la Navidad, en donde con­templamos a Jesús entre nosotros, nos mueva a reflexionar y a buscar nuevas maneras de ser solidarios, para continuar en el año venidero participando con entusiasmo en la construcción de una sociedad más fraterna y que caminemos juntos, celebrando la vida en comunión, participación y misión, escuchando juntos, en familia, al Espíritu San­to. 

A todos les auguro que el Niño Je­sús los colme de bendiciones en esta Navidad que vamos a celebrar y les deseo un año nuevo 2023, lle­no de muchas gracias del Señor, para que recibamos el perdón de Dios que viene a nuestros corazo­nes, invitándonos a perdonar a los hermanos, para vivir reconciliados y en paz con todos y que en familia caminemos juntos celebrando la vida y abrazando la Cruz del Señor fortalecidos por la gracia de Dios, podamos ser instrumentos de paz para muchos hermanos nuestros. Que la Santísima Virgen María, madre de la Paz y el glorioso Pa­triarca san José, custodio del niño Jesús, alcancen del Señor la gracia de vivir este tiempo en la espera gozosa del Señor. 

En unión de oraciones, reciban mi bendición.

Por: Monseñor José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta

Desde hace ya varios años el Papa Francisco nos ha convocado hacia el final del año litúrgico a celebrar una Jornada Mundial de los Pobres, con el propósito de sensibilizar a todos los cristianos, para que produzcan el fruto maduro de la fe y la esperanza en Jesucristo Nuestro Señor, en la manifestación de la caridad, que es el culmen de las virtudes cristianas y la puerta de entrada al Cielo. “Vengan benditos de mi Padre, tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber; era un extraño, y me hospedaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo y me visitaron; en la cárcel, y fueron a verme” (Mt 25, 34-36), concluyendo que cada vez que un cristiano hace esto por un hermano necesitado, lo está haciendo por el mismo Jesucristo.

La caridad es una virtud que se co­secha en el corazón del cristiano que ama a Dios con todo el cora­zón, con toda la mente, con todas las fuerzas, y con todo el ser, ama al prójimo como a sí mismo, sabien­do que en estos dos mandamientos está todo lo que necesita un creyen­te para salvarse (cf. Mt 22, 37-40), concluyendo con esta verdad que la caridad no es una acción social que pertenece a una organización de beneficencia, sino que es una expresión del amor de Dios que se hace presente a través de un cre­yente que ha entendido su compro­miso cristiano en la comunidad de creyentes que es la Iglesia, que se deja guiar por la fe que actúa por el amor (cf. Ga 5, 6).

La caridad es la vocación que tie­ne el cristiano para mirar el dolor, el sufrimiento, la enfermedad y la herida del otro que está tirado en el camino y tenderle una mirada de amor, como manifestación del amor que viene de Dios. Jesús lo enseña en la parábola del “Buen samarita­no”, cuando le responde al experto en la ley que le pregunta quién es el prójimo (cf. Lc 10, 30-36), invitán­dolo a hacer otro tanto, haciéndose prójimo del que sufre sin preguntar por su identidad políti­ca, social o religiosa. Así lo reitera el Papa Francisco en ‘Fratelli Tutti’: “La propues­ta es la de hacerse presentes ante el que necesita ayuda, sin importar si es parte del propio círculo de pertenencia” (FT 80), invitándonos a todos a hacernos prójimos y a “dejar de lado toda diferencia y, ante el sufrimiento, volver­nos cercanos a cual­quiera” (FT 80).

Vivir la caridad cristiana no es un aprendizaje que se recibe en las academias donde se llena el cere­bro de la ciencia humana, sino que es fruto de la fe en Dios que nos enseña a amar al prójimo con el corazón de Jesús, sin cálculos humanos, reconociendo al mismo Jesucristo en todos los que sufren, tal como nos lo ha enseñado en el Evangelio al hablar de la ayuda que damos a los demás (cf. Mt 25, 31-46), descubriendo que “para los cristianos, las palabras de Jesús implican reconocer al mismo Cristo en cada hermano abando­nado o excluido” (FT 85).

De esta manera, entendemos que el cristiano tiene vocación a la caridad porque está en unión ínti­ma con Dios, que lo mueve desde dentro a ser un instrumento en sus manos para realizar su obra con los que están caídos en el camino de la vida.

La caridad nace de un cristiano contemplativo, que se pone de ro­dillas frente al Señor y allí encuen­tra la motivación más profunda para volverse prójimo del que sufre. El Papa Francisco expresa esta verdad cuando afirma: “La altura espiritual de una vida humana está marcada por el amor, que es ‘el cri­terio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de la vida humana’” (FT 92), concluyendo que la ca­ridad es posible en un cristiano que se rela­ciona con Dios a través de la oración y que se mantiene en la gracia y en la paz del Señor y la transmite a los que están en su en­torno.

En todos los ambientes sociales queremos la paz y hacemos cálcu­los humanos para tenerla, llegando a convertirla en un negocio mez­quino, olvidando que la paz es un don de Dios que brota de la caridad y desde la caridad, que es amor de entrega total se puede lograr que el corazón del hombre se transforme y transforme la sociedad, ya que “la caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos efica­ces de desarrollo para todos” (FT 183), de tal manera que la caridad no es solamente el centro de todas las virtudes, sino que es también “el corazón de toda vida social sana y abierta” (FT 184).

Con esto entendemos que la caridad va mucho más allá de una jornada en la que servimos a los pobres. La caridad es el sello del cristiano y está todo el tiempo en el corazón.

La caridad es la manera de ser del cristiano, que en el camino de la vida se agacha a sanar las heridas de quien está caído en el camino de la vida. Sigamos adelante cons­truyendo juntos un mundo nuevo y mejor desde la caridad, que es el amor de Dios que se hace presencia a través de cada uno de los cristia­nos, que peregrinamos en la santa Iglesia de Dios, hasta llegar un día a la salvación eterna.

Que la Santísima Virgen María, madre de la caridad y el glorioso Patriarca san José, custodien la fe y esperanza en nosotros, que produ­ce el fruto maduro de la caridad y agradecidos, sigamos adelante.

En unión de oraciones, reciban mi bendición.

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