Viene bien la anécdota del gran Abraham Lincon a propósito de la contienda electoral que terminó.  La contó a ciertos postulantes para cargos públicos.  Un rey que deseaba salir de casería preguntó a su primer ministro si iba a llover.  El ministro le dijo que no, pues el tiempo era bueno.   Salió el rey con su partida de caza y en el camino halló un campesino que montaba su burro.  Este le advirtió al rey que pronto llovería a cántaros.  El rey río de la ocurrencia de su vasallo, pues contaba con erudita opinión de su meteorólogo ministro.  A poco, sin embargo, se desató el aguacero y el rey y su comitiva se empaparon.  Al llegar al palacio, el rey  destituyó al primer ministro  y en su lugar nombró al campesino.  ¿Dime como supiste que iba a llover? Preguntó el monarca al nuevo ministro y éste le respondió: el burro me lo dijo: levanta las orejas cada vez que se avecina una tormenta.  El rey despidió al campesino y nombró en sus funciones ministeriales al burro. Aquí fue donde el rey cometió un error, dijo Lincon.  ¿Por qué? Preguntan los que iban en busca de nuevos cargos.  Porque desde ese momento, concluyó el libertador de los esclavos negros, los burros se sienten capaces de desempeñar altos cargos públicos.  Sobra comentar que los aspirantes salieron con las orejas gachas y más aburridos que banqueros contando plata.

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