Por: Fray Guillermo Antero Urrego Beltrán, O.C.D.

El mes de julio para nosotros, cre­yentes católicos, personas de fe, se enmarca dentro del contexto de la festividad de Nuestra Señora del Car­men, advocación mariana conocida y muy querida por muchos fieles, cercana a nuestros pueblos; no es extraño que, en la mayoría de los templos, a lo largo de nuestras carreteras y en muchos de los medios de transporte nos encontremos con una imagen, una estampa o el esca­pulario de la Virgen del Carmen.

Como Carmelita Descalzo, me alegra poder compartir con ustedes mi expe­riencia personal de la mano de María unida al legado histórico que desde el Monte Carmelo en épocas del profeta Elías, en aquella visión de la nubecilla (1R 18, 41-46), ya se vislumbraba esa presencia de María, como aquella que trae para nosotros el agua fresca que re­anima nuestras fuerzas y calma nuestras angustias, que tendrá su concreción en el Nuevo testamento cuando el ángel anun­cia la llegada del Mesías (Lc 1, 30-33), el cual a su vez, en la cruz la entregará como regalo a toda la humanidad en las manos del apóstol Juan “Mujer, ahí tie­nes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27). Sin lugar a dudas, María es el regalo más grande dado desde la crea­ción del mundo, a la humanidad, ella es quien cuida de los hijos de Dios; es por eso que como carmelitas reconocemos a la madre de Jesús como “Reina y hermosura del Carmelo”.

Surge entonces la pregunta ¿qué es el Monte Carmelo?, ¿cuál es su impor­tancia para nosotros como católicos?, y ¿por qué los carmelitas? Siguiendo las enseñanzas de nuestro hermano Fray Bernardo Restrepo, O.C.D., historiador de nuestra Orden en Colombia, nos re­fiere al respecto lo siguiente: “La orden carmelitana, se llama así porque tuvo su origen en el Monte Carmelo, hermoso promontorio situado en las afueras de la ciudad de Haifa, al norte de Israel, con esplendida vista sobre el mar mediterrá­neo…”, la historia del Monte carmelo queda vinculada al conjunto de lugares conocidos como “La Tierra Santa”, don­de peregrinamos siempre, para conocer la tierra donde vivió, enseñó, predicó, murió y resucitó Nuestro Señor Jesucris­to.

Monte Carmelo

El Monte Carmelo ubicado en ese com­plejo de montañas y de grutas a lo largo del mar Mediterráneo, entre el azul del mar y el verde de dos llanuras, la canti­dad de flores que embellecen y dan color al hermoso paisaje, hacen de este lugar un espacio donde la contemplación y el silencio permiten un encuentro perso­nal con Dios; razón por la cual muchas personas buscan llegar a esta cima del Carmelo, para alejarse del ruido cotidia­no de las ciudades, del agite continuo del trabajo y el estrés de cada día, y encon­trar la paz y el silencio interior, así como el tranquilizar la mente al contemplar ese hermoso y bello “Jardín Florido”, como traduce el término Carmelo.

La orden del Carmelo, desde sus mismos orígenes, ha sido orientada por el Espí­ritu hacia dos vertientes principales: la vida de oración y trato de comunión con Dios y la vida mariana. Por ello pode­mos decir que un elemento distintivo de la vida y de la espiritualidad del Carmelo es el vital y profundo influjo ejercido por la presencia de la Santísima Virgen, has­ta tal punto que ha llegado a decirse que el Carmelo es “todo de María”; palabras que nos regala el padre Pedro Ortega en su Historia del Carmelo Teresiano.

Escapulario carmelita

Hablar del Carmelo y de la Virgen del Carmen nos lleva a preguntarnos de in­mediato por el escapulario, aquel signo que identifica tanto a nuestra comunidad como a dicha advocación, en nuestra consagración sabatina a la Virgen, con­tinuamente decimos: “llevamos sobre nuestro pecho, tu santo escapulario, sig­no de nuestra consagración a tu corazón inmaculado…”; precisamente nos re­cuerda esta bella oración, lo que signi­fica esta prenda sagrada, el escapulario es signo de consagración, quienes llevan en su pecho el signo de María, están con­tinuamente llamados a ser testigos del amor de Dios para toda la humanidad, tal como lo es la Santísima Virgen.

Es a partir del siglo XV cuando se co­mienza a difundir en la devoción car­melita, la consideración de la Virgen en relación con el escapulario; apoyados en una lupa que nos permite ver el pasado, viajando a esos inicios de esta bella de­voción, podemos percibir que María, en términos familiares, era el consuelo de los Carmelitas, y a quien profesan un gran amor; devoción que nace jus­tamente por la vivencia continua y el cumplimiento de aquella norma carme­litana de “meditar la ley del Señor día y noche, velando en oración”, es a través de la lectura continua de la Palabra de Dios, especialmente de los evangelios, como el carmelita se va familiarizando y enamorando de la Madre del Redentor; invitación que se hace extensiva a todo aquel que deseando vivir como María, necesita acercarse a su Hijo. Para ello, la Sagrada Escritura será siempre la luz en este camino.

San Simón Stock

Nos cuenta la historia que, en uno de los instantes más difíciles de la orden del Carmen, cuando asechaban fuertes tempestades, incluso una amenaza en la subsistencia, San Simón Stock, padre ge­neral de la orden, pedía con lágrimas a su Patrona (la Virgen del Carmen), que se hiciera sentir con alguna señal del cielo para que los sacara adelante. Ella no fue sorda a las súplicas de su hijo. Dice la tradición que el 16 de julio de 1251 se le apareció la Virgen Santísima en Aysles­ford, Inglaterra, y entregándole el esca­pulario de la Orden del Carmen, le dijo estas palabras: “Recibe hijo mío, muy amado, este es­capulario de tu Orden, señal de mi con­fraternidad. Será un privilegio para ti y para todos los Carmelitas. El que muera con él no padecerá el fuego eterno. Es signo de salud, salvación en los peligros, alianza de paz y pacto sempiterno”.

El uso piadoso del escapulario ha sido reconocido a lo largo de años por mu­chos sumos pontífices, incluso han llega­do a concederle indulgencias especiales, la fe con la que los fieles católicos llevan este signo mariano, que les hace sentir y experimentar la protección de la Virgen del Carmen, queda también resumido en uno de los gozos que cantamos durante la novena en su honor: “Vuestro Escapulario santo escudo es tan verdadero, que no hay plomo ni hay acero de quien reciba quebranto. Puede, aunque es de lana, tanto, que vence al fuego y al hielo”.

Podemos entonces reconocer que el esca­pulario se convierte, para quien lo porta, como medio que le acerca continuamen­te al amor de María, ella es el fin hacia el cual se dirige quien lleva este signo en su pecho; es por ello que en algún mo­mento de la historia llega a hablarse del escapulario como “sacramento”, o sea, como signo emblemático de la ternura de María.

Más que sacramento, podríamos decir que, habría que incluirlo en la categoría de sacramental, es decir, de esos medios tangibles instituidos por la Iglesia, que permite a los files participar, en mayor o menor grado, de la savia vital del Cuerpo místico de Cristo (sacrosanctum Con­cilium, 60); sin embargo, en estos mo­mentos el escapulario, es un signo que identifica nuestra fe y el amor que profe­samos a la Madre de Dios. Quien lo lleva devotamente se compromete con ella a portarse como buen hijo, seguro de que ella no dejar de ser buena madre, porque como decía al inicio, ese encargo lo reci­bió de Cristo en la Cruz, y nos protegerá en la vida, nos asistirá en la muerte, y ob­tendrá para nosotros eternidad feliz.

En cuanto a signo y signo convencio­nal, el escapulario indica o significa tres componentes íntimamente unidos: en primer lugar, la incorporación a una fa­milia religiosa especialmente devota de María y singularmente amada por María, como es la Orden del Carmen; en segun­do lugar, la consagración a María y la entrega a su corazón inmaculado; y en tercer lugar, el estímulo y el incentivo a parecerse a María por la imitación de sus virtudes, sobre todo la humildad, la cas­tidad y el espíritu de oración; puntos que nos recuerda el Padre Pedro Ortega ocd, en la Historia del Carmelo Teresiano.

Unido al escapulario, vale la pena recor­dar el privilegio sabatino, que es confe­rido por la Iglesia y expresado en la bula papal de Juan XXII, el cual refiere a una Visión de la Virgen en la que ella le ma­nifiesta: “Yo, su Madre, bajaré graciosa­mente el sábado después de su muerte, y a cuantos hallare en el purgatorio los libraré y los llevaré al Monte santo de la vida eterna”.

Cabe reflexionar que, in­dependientemente de lo histórico de la visión y de la manifestación de la Virgen, en el privilegio sa­batino se nos recuerda, el interés de la Santísima Vir­gen María, por cada uno de nosotros como sus hijos, y de manera especial reco­nocer en ella que, como buena madre siempre está dispuesta a evitar en sus hijos todo sufrimiento y angustia, es un gran recuerdo de su intercesión amorosa, frente a la cual el Hijo nada le negará.

Cumpliendo de esta manera sus prome­sas: “en la vida protejo, en la muerte asisto, del infierno libro y en el purga­torio salvo”.

Finalmente reconocer que, desde la ex­periencia del Monte Carmelo, es reco­nocida también María como la estrella del mar, “Stella Maris”, aquella que guía y orienta el camino de todo navegante, haciendo alusión precisamente al faro que en tiempos antiguos guiaba a los na­vegantes para indicarles la ruta hacia el puerto al que debían dirigirse.

Fue de esta manera como se convirtió en la patrona de los navegantes y marinos, ella es la estrella del mar, que guía en todo momento, pero principalmente en la noche de nuestras vidas el camino que debemos seguir.

Poco a poco reconociendo esa protec­ción continua de la Virgen; son muchos los testimonios que se encuentran al respecto, varios son los relatos que en­contramos sobre la constante protección que experimentan los devotos de María en esta advocación del Carmen, recono­cida así entonces por todos aquellos que continuamente se enfrentan a realidades expuestas al peligro: conductores, avia­dores, militares, marineros, y quienes caminamos en fe, ella sale a nuestro ca­mino y nos protege.

Siempre que encuentro una imagen de la Virgen del Carmen escucho una historia de salvación y conversión, descubro en cada fiel el amor y la ternura con la que se mira a la madre del Salvador y el amor que se profesa al escapulario como el signo constante de la presencia de Nues­tra Madre, que nos acompaña a cada paso que damos, ella está siempre presente; es im­portante que hoy recuperemos el verdadero sentido que tiene en nuestra vida la presencia de María, ella es la Madre que cuida y protege, es el refugio constante de quienes experi­mentamos la debilidad y el pecado y es la luz que guía nuestro camino.

Esta próxima celebración en honor a la Virgen del Carmen, vivámosla unidos en oración, pidiendo a la Reina del Car­melo que cuide de toda la humanidad y que con su escapulario nos proteja, pues enfrentamos tiempos difíci­les, nos vemos invadidos por la enferme­dad y necesitamos que ella interceda por todos nosotros, para que podamos seguir adelante como Iglesia construyendo de su mano el Reino de Dios aquí en la tie­rra; recordando que por el escapulario to­dos somos carmelitas, acudamos a María orando aquellas palabras de nuestra con­sagración sabatina:

“Santa María, Abogada y

Mediadora de los hombres, no

podrimos vivir nuestra

consagración con olvido de

quienes son tus hijos y nuestros hermanos,

Por eso, nos atrevemos a consagrarte la Iglesia y el

mundo, nuestras familias y

nuestra patria…”

Reina y Hermosura del Carmelo,

¡ruega por nosotros!

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