“Porque todo cuanto hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida, no viene del Padre, sino del mundo” (1 Jn 2,16).

La comunión íntima con Jesús que debe tener un cristiano católico consiste en vaciar su alma de pecado y combatir la triple concupiscencia (el mundo, el demonio y la carne), resumida según Santo Tomás en un pecado: la soberbia.

Según el Papa Francisco, es “el pecado que divide la fraternidad, que nos hace presumir de ser mejores que los demás, que nos hace creer que somos parecidos a Dios”.

El ser humano desde su naturaleza busca la excelencia en todo cuanto hace: estudio, trabajo, familia; en fin, todos los ámbitos en los que se desenvuelve. Dios quiere que el hombre alcance la perfección en todo y para ello su Espíritu derrama dones, virtudes y capacidades, que el hombre debe reconocer en sí mismo y dar gracias a su Creador por ello.

Todo acto mal conducido desencadena una consecuencia; a la soberbia la desencadena cuando el hombre piensa que se basta así mismo y que no necesita de Dios. Lo que consigue es “por mérito propio”.

“Un amor desordenado de sí mismo, por el cual el hombre se estima, explícita o implícitamente, como si él fuera su primer principio y su último fin”, así lo explica el teólogo Adolphe Tanquerey.

Jesús nunca rechazará al pecador, pero sí al pecado “porque todo el que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado” (Lc 14,11).

Su Santidad explica que “somos deudores también porque, incluso si conseguimos amar, ninguno de nosotros es capaz de hacerlo únicamente con sus fuerzas. Ninguno de nosotros brilla con luz propia”.

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