Por: Pbro. Fredy Ramírez Peñaranda, párroco Inmaculada Concepción de María

Foto: cathopic.com

En estos momentos de crisis los pi­lares de la humanidad tambalean, están inmersos en la incertidumbre al reconocer que esta realidad afecta di­rectamente nuestro desarrollo en medio de la sociedad. Después de estos tres meses que llevamos del confinamiento obligatorio por causa de la COVID-19, el cansancio se ve reflejado en nuestra existencia, empezamos a sentir que no sabemos para dónde vamos y la espe­ranza corre el peligro de convertirse en una incertidumbre que opaca nuestra fe creando un panorama un poco desolador y lleno de miedo.

Es aquí, en este término de la cuarentena donde nos podemos preguntar si nuestra relación con Dios se ha fortalecido en la intimidad de la oración o por el contrario han pasado los días sin pena ni gloria, sin aprovechar cada instante para agradecer, para fortalecer la vida familiar, para con­fiar siempre en la providencia Divina que jamás abandona y que siempre está pre­sente en la vida para animar y fortalecer.

Por ello quisiera, que observemos unos puntos importantes que nos ayudan a re­visar nuestra relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos, y así poder examinar con detalle, si nuestra espiritua­lidad está fortalecida o, por el contrario, como está sucediendo en esta sociedad, está en crisis y la estamos perdiendo.

  1. La espiritualidad es algo fundamental para el hombre, ya que mantiene la espe­ranza y da la paz necesaria para vivir la vida conforme al querer de Dios. En ella, la comunicación con Dios es de confianza ya que nos aferramos a su amor que todo lo transforma y renueva. Reconocemos que, desde la fe, no caminamos hacia la incertidumbre, sino que nuestro ca­minar es hacia Dios. Aunque el mundo se halla detenido por la pandemia nuestra vida espiritual sigue su curso, porque el destino de nuestra historia está en las ma­nos de Dios, quien siempre nos cuida y protege. ¿Se siente fortalecido en su fe? ¿Ha crecido en su oración? ¿Su familia, después de este tiempo ha mejorado al­gunas actitudes? ¿Se siente escuchado por Dios en medio de sus plegarias? Y la más importante, ¿ha sentido la presen­cia de Dios en medio de su vida, ya que Él no abandona a sus hijos? Al hacernos estas preguntas, quisiera que desde la fe y la esperanza y viviendo en el amor de Dios, seamos capaces de resignificar esta realidad para fortalecer nuestra vida, para crecer en nuestra fe, para animar en la es­peranza, para hablar con Dios y escuchar en su Palabra el amor que nos manifiesta siempre.
  2. Hemos tenido tiempo de sobra, a ve­ces, no sabemos qué hacer, pero, si no convertimos nuestra oración en nuestra vida, corremos el riesgo de tener unos minutos con Dios y unas horas dedicadas tantas realidades que pueden ser impor­tantes, pero no salvadoras. Es decir, tener siempre la presencia de Dios a lo largo del día, es fundamental para que nuestra fe se mantenga y sea capaz de transfor­mar esta realidad llena de incertidumbre y pánico colectivo. Mi oración, más allá de las palabras, es la vida que coloco en las manos de Dios, sabiendo que me ama y que siempre a mi lado me custodia, para que el miedo no se apodere de mi corazón. Es reconocer que, aunque cami­ne por el valle oscuro, no temo, porque Dios está conmigo (Sal 23).
  3. A estas alturas de la situación, estamos hablando de todo, de los tratamientos, buscando la vacuna, comprando elemen­tos médicos necesarios, realizando pla­nes de contingencia, buscando recursos, todos importantes, pero se corre el ries­go de no mirar nuestra fe, nuestra es­piritualidad. Es la única que nos ayuda a encontrar la paz ante la incertidumbre, la esperanza ante el pánico colectivo, la fortaleza ante el cansancio de los días, la alegría frente a la tristeza que nos rodea y la vida frente a esta amenaza de muerte.
  4. Este es el momento de nuestra con­versión, es decir, de dejarnos encontrar por Dios, es el momento de la miseri­cordia. De vivir nuestra vida en clave pascual, de vivir renovados y llenos del Espíritu de Dios.

Los templos cerrados y los centros co­merciales abiertos, el reflejo de nuestra sociedad sumergida en el consumo, en las cosas que llenan la casa, pero no la vida.

¿De qué nos sirve, ganar el mundo si es­tamos perdiendo nuestra vida? (Mt 16, 26). Hoy más que nuca, reconocemos que la espiritualidad, nuestra oración, nuestra esperanza llena de amor de Dios, son las únicas que nos sostendrán y ha­rán de nuestra vida un espacio lleno de alegría y confianza. Porque Dios, en la vida del ser humano, es roca fuerte, que, aunque vengan los vendavales o las situaciones difíciles, seremos victorio­sos no por nuestras fuerzas o por nuestra creatividad sino por su Gracia que todo lo puede (Mt 7, 24).

 

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