Periodico La Verdad

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El cristiano no deja su destino al azar, sino que lo confía a Dios

Por: Pbro. Javier Alexis Agudelo Avendaño, párroco de Jesucristo Buen Pastor.

Mateo 6, 31-33: “Así que no se preocupen, diciendo: ‘¿Qué comeremos?’ o ‘¿qué beberemos?’ o ‘¿con qué nos vestiremos?’ […] Pero busquen primero su reino y Su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas”.

Algo de historia

Hemos iniciado un nuevo año y seguramente antes de darnos el feliz año augurando buenos deseos, hicimos la práctica milenaria de los agüeros con el cual queremos asegurar un futuro. La palabra agüero proviene del latín augurium, que significa “presagio”, “señal” o “pronóstico”. Designa cualquier hecho, señal o fenómeno interpretado como anuncio de algo bueno o malo. Muchas culturas antiguas como las mesopotámicas, la egipcia, la griega y la romana creían que los dioses hablaban por medio de los signos naturales. Muchos sacerdotes actuaban como intérpretes y le anunciaban al rey y al pueblo éxitos militares, políticos, bonanzas y una supuesta paz. En Grecia se desarrollaron instituciones especiales para interpretar agüeros, Oráculos (Delfos, Dodona), aves augurales, visiones y sueños. Era común consultar a los dioses para tomar decisiones políticas, militares o personales. En Roma aparece con fuerza la palabra augur, de donde viene “agüero”. Los augures, sacerdotes especializados, interpretaban el vuelo de las aves, el trueno, señales del cielo, comportamientos inusuales de animales. Se podía decir que la vida pública romana elecciones, (guerras, construcción de edificios) dependía muchas veces del “augurio favorable”. Hoy pareciera que muchas cosas dependieran de un augurio o una práctica para poder lograr un propósito.

Agüeros en el mundo bíblico

En el Antiguo Testamento las culturas vecinas practicaban señales y presagios, y el pueblo de Israel estuvo expuesto a ello. Sin embargo, la Biblia prohíbe la adivinación y la superstición (Dt 18, 10-12), porque Israel debía confiar en la Palabra de Dios, no en señales ambiguas.

Ya en el Nuevo Testamento en tiempos de Jesús existían creencias populares en presagios, pero el Evangelio enseña a confiar en la Providencia y a no vivir dominados por el miedo o la superstición. La confianza en Dios es un pilar fundamental de la fe cristiana, la Biblia y las enseñanzas de la Iglesia invitan constantemente a los creyentes a depositar su esperanza, seguridad y futuro en Dios, en lugar de depender de las propias fuerzas o de las circunstancias del mundo.

La Escritura está llena de mandatos, ejemplos y promesas que fundamentan está llamada a la confianza:

Proverbios 3, 5-6: uno de los versículos clave “confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas”.

Filipenses 4, 6-7: el apóstol Pablo enseña a no afanarse, “por nada estén afanosos, sino sean conocidas por sus peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús”.

Salmo 46, 1-3: expresa la seguridad en Dios en medio de la adversidad, “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar”.

Jeremías 17, 7-8: proclama la bendición de la confianza en Dios, “bendito el varón que confía en Dios, y cuya confianza es Dios. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces”.

Análisis antropológico de los agüeros

El ser humano no vive sólo de hechos, sino también de significados. Cuando la realidad es incierta (clima, cosechas, salud, futuro, negocios, viajes, entre otros) las culturas desarrollan sistemas simbólicos para, interpretar lo que no se controla.

Es un tema central en la filosofía, la espiritualidad y la psicología a lo largo de la historia. Aceptar la realidad de que muchos aspectos de la vida escapan a nuestro dominio, es crucial para el bienestar emocional y mental.

Interpretar lo que no se controla implica un cambio de perspectiva: intentar dominar la realidad y adaptarse a ella encontrando paz dentro

Análisis antropológico de los agüeros de sus parámetros. También busca reducir la ansiedad, dar sentido al sufrimiento, prever lo inesperado. Los agüeros surgen como mecanismos culturales de lectura del mundo.

Antropológicamente, los agüeros funcionan como una forma de control virtual frente a realidades que no se pueden manejar directamente.

Unos ejemplos de esta forma de control pueden ser, prever buena o mala suerte, anticipar cambios, protegerse ante peligros. Aunque no tengan eficacia real, cumplen una función psicológica, reducen la incertidumbre, generan sensación de orden, mantienen la cohesión del grupo (todos comparten el mismo significado).

La psicología moderna valida estas ideas, enfocándose en la adaptabilidad y la resiliencia.

Aceptación radical (Terapia Dialéctica Conductual): es la capacidad de aceptar la realidad sin juzgarla ni intentar cambiarla inmediatamente. No significa aprobación, sino reconocer que “esto es lo que es” en este momento.

• Enfoque en la solución de problemas: la psicología anima a diferenciar entre el círculo de preocupación (cosas que nos inquietan pero que no podemos cambiar) y el círculo de influencia (cosas sobre las que podemos actuar). Interpretar lo incontrolable como una señal para enfocarse exclusivamente en el círculo de influencia.

Como conclusión antropológica se puede decir que los agüeros son: expresiones simbólicas universales de la condición humana, mecanismos de orientación en un mundo incierto, construcciones culturales con valor identitario, pero también pueden ser limitantes cuando sustituyen la responsabilidad personal y la confianza en Dios.

El destino del hombre está en las manos de Dios

Decir que el destino del hombre está en las manos de Dios no significa que somos marionetas, ni que nuestra libertad no cuenta. Por el contrario, significa algo mucho más grande y más hermoso, que la última palabra sobre nuestra vida no la tiene el azar, ni la suerte, ni el fracaso, ni el miedo, sino Dios mismo.

La afirmación “el destino del hombre está en las manos de Dios” es una creencia central en la teología cristiana y judía, que expresa la convicción en la soberanía divina y la providencia de Dios sobre la vida humana y el universo. Significa que, fundamentalmente, el propósito final y la seguridad de la existencia humana residen en el plan amoroso y todopoderoso de Dios.

Esta frase encapsula varias ideas teológicas importantes:

Soberanía de Dios: reconoce a Dios como el Creador y sustentador de todas las cosas, que tiene control último sobre los eventos del mundo y las vidas individuales.

Providencia Divina: implica que Dios guía y cuida de sus criaturas.

Incluso cuando los seres humanos toman decisiones o enfrentan adversidades, Dios puede coordinar los caminos de las personas y utilizar las circunstancias para cumplir sus fines.

Esperanza y seguridad: para el creyente, esta creencia ofrece un inmenso consuelo y seguridad. Significa que el futuro no es el resultado del azar o del fatalismo ciego, sino que está en manos de un Dios benevolente que cuida de los suyos.

Reconocimiento de la limitación humana: contrasta con la idea de que el hombre es el único dueño de su destino, reconociendo que hay fuerzas y eventos fuera del control humano que, en última instancia, son permitidos o dirigidos por Dios.

El cristiano vive en un mundo real, con dificultades, límites y heridas, pero no se deja definir por ellos. Su vida está sostenida por dos columnas esenciales, la fe y la esperanza.

La fe le permite ver más allá de lo visible, no se reduce a creer que Dios existe, sino a confiar en Él, en su palabra, en sus promesas. La fe abre los ojos del corazón para reconocer que Dios actúa, incluso cuando no lo vemos de inmediato.

Por eso el cristiano no se hunde en la duda permanente ni en el miedo paralizante, sabe quién es su Dios y en quién ha puesto su confianza.

Por eso la fe cristiana no nace del miedo, ni de la obligación, ni de la preocupación obsesiva por el mañana, nace de la relación filial que Jesús nos revela: somos hijos amados, sostenidos y acompañados. La ansiedad fragmenta el corazón; lo divide, lo agota, lo hace vivir anticipando catástrofes que aún no existen. La fe filial integra, unifica, pacifica: le permite al creyente vivir cada día como una gracia que se recibe, no como una amenaza que se teme.

La esperanza le permite caminar hacia adelante. No es un simple optimismo ni una ilusión ingenua; es la certeza de que Dios cumple sus promesas. La esperanza sostiene en el cansancio, ilumina los momentos oscuros y recuerda que la última palabra no la tiene el mal, ni el pecado, ni la muerte, sino el Amor de Dios que salva y transforma.

Ser un hombre de fe y de esperanza no es vivir con los problemas resueltos, sino vivir sabiendo que Dios está presente en medio de ellos y que conduce la historia hacia un bien mayor.

Por eso el cristiano puede levantarse después de caer, puede mirar el futuro sin miedo, puede amar sin reservas. El abandono confiado no es pasividad ni irresponsabilidad. Es poner a Dios en el centro, trabajar con responsabilidad, y descansar en la certeza de que Él conoce nuestras necesidades más profundas antes incluso de que las expresemos. Por eso Jesús repite en el Sermón del Monte: “no tengan miedo. El Padre sabe lo que necesitan” (Mt 6, 8).

Señor danos fe para creer hoy, esperanza para caminar mañana y ambas para vivir siempre sostenidos por ti.