Periodico La Verdad

La experiencia de la Resurrección y del sepulcro vacío

Por: Fray Marwan Di’des, OFM.

Vivir en Jerusalén, entre las piedras que vieron caminar al Señor, ofrece una pers­pectiva única sobre el Misterio Pas­cual. Sin embargo, la lección más profunda sobre la Resurrección no la aprendí solo de los Textos Sa­grados, sino de las palabras de una mujer que marcó profundamente mi vida: la que fue directora de nues­tro coro de San Salvador, nuestra parroquia latina en el corazón de la Ciudad Vieja.

Ella, verdadera “hija de Jerusalén”, repetía siempre un concepto que al principio podía sorprender: “noso­tros, los hijos de Jerusalén, cuando vamos al santo sepulcro, encontra­mos el edificio, pero el sepulcro está vacío. Jesucristo no está allí, ya no está en el sepulcro. Jesucristo ha Re­sucitado. Por lo tanto, visitamos las piedras que fueron tocadas por Él, pero Jesús está por encima del se­pulcro vacío”. Para ella, y hoy para mí, el sepulcro vacío no es una ausencia, sino una presencia des­bordante. Cuando le preguntaba qué significaba esto concretamen­te, me respondía con la sencillez de los bautizados: nosotros poseemos la misma fuerza que tuvo Cristo en el momento de la Resurrección. No es solo una noción teológica; es la fuerza del Espíritu Santo que habita en nosotros, convirtiéndonos en “su casa”.

En efecto, el testimonio evangé­lico es claro y contundente: “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Cf. Lc 24, 5-6). Estas palabras, pronunciadas en el mismo lugar del sepulcro, no solo describen un he­cho histórico, sino que inauguran una nueva comprensión del espacio sagrado. El santo sepulcro deja de ser un lugar de memoria estática para convertirse en un signo diná­mico de vida. Allí donde el hom­bre esperaría encontrar un cadáver, Dios revela su gloria. Así, la piedra removida no es solo un detalle na­rrativo, sino el símbolo de todas las resistencias humanas que han sido vencidas por la vida divina.

Resucitar cada día

¿Qué significa Resucitar cotidiana­mente aquí, en Jerusalén, y en cada rincón del mundo? Significa tener la fuerza de levantarse cada vez que nos sentimos débiles. Significa ir al encuentro de todos los dones y ta­lentos que el Señor nos ha dado y, con esas fuerzas, ponernos de nue­vo en pie.

La resurrección momentánea ocu­rre en el día a día: cuando pronun­ciamos una palabra equivocada y tenemos el valor de pedir disculpas para co­rregirnos; cuando peca­mos y pedimos perdón, primero a nosotros mis­mos, luego al prójimo ofendido y finalmen­te al Señor, quien se ve tocado por nues­tro pecado, pero que ciertamente perdona. En ese instante, nos pone­mos en pie y seguimos adelante. En esto, todos somos “hijos de la Re­surrección” y, por tanto, todos somos hijos de Jerusalén, lla­mados a comenzar de nuevo cada día como si nunca hubiéramos he­cho nada malo, apoyados en nuestra fuerza interior y en la fe.

Desde una perspectiva bíblica, esta experiencia cotidiana tiene su raíz en el bautismo. San Pablo lo expresa con radical claridad: “por el bautis­mo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo re­sucitó de entre los muertos, también nosotros llevemos una vida nueva” (Rm 6, 4). El sepulcro, por tanto, no es solo el de Cristo, sino tam­bién el nuestro. Cada cristiano ha pasado por ese misterio: ha muerto al pecado y ha sido levantado a una vida nueva. Vivir el sepulcro vacío es, entonces, recordar diariamente nuestra identidad bautismal y actua­lizarla en cada decisión concreta.

El “ya” y el “todavía no”: de la noción a la certeza existencial

Esta resurrección cotidiana este abandonar el mundo del pecado para vivir en la santidad es la experiencia del “ya” prometido por el Señor, a la espera del “todavía no” de la Resurrección definitiva tras la parusía. Sin embargo, existe una diferencia abismal entre conocer la existencia de una verdad y sentirla vi­brar en la propia carne.

Podemos estudiar el amor y definir­lo desde el punto de vista religioso, afectivo, científico o social; pero una cosa es conocer la definición y otra muy distinta es sentirlo y expe­rimentarlo directamente. Al hacerlo, pasamos de un mero conocimiento empírico a una certeza existencial personal que nadie nos podrá qui­tar ni poner en duda. Nadie tendrá el valor de refutar esta realidad con nosotros, por el simple hecho de que conocemos y sentimos al mis­mo tiempo: poseemos esta seguridad con el cerebro, con el corazón y con todo nuestro ser.

Lo mismo sucede con la Resurrec­ción. No es solo un conocimien­to intelectual, sino un sentimiento interior de seguridad. Se siente, se practica y se advierte, exactamente como quien conoce la misericordia porque la vive.

Aquí se comprende también la ex­periencia de los primeros discípu­los: no creyeron inmediatamente por haber visto el sepulcro vacío, sino por el encuentro con el Resu­citado. El Evangelio de Juan lo su­giere con delicadeza cuando afirma que el discípulo amado “vio y cre­yó” (Jn 20, 8), iniciando un camino que culminará en la certeza plena del encuentro. El sepulcro vacío, entonces, es umbral: no es la meta de la fe, sino la puerta que introduce en la relación viva con Cristo. Sin esta experiencia personal, el cristia­nismo corre el riesgo de reducirse a una idea; con ella, se convierte en una vida transformada.

El testimonio de una vida

Nuestra directora nos dejó el año pasado, tras una larga enfermedad y una agonía de dolor. Sin embargo, en su lecho de muerte, sus palabras fueron el sello de toda una vida: “Estoy lista para ir al Señor si Él me quiere llevar. ¿Saben por qué? Porque he puesto en práctica todos los do­nes que el Señor me dio, y esos dones han hecho de mi vida una verdade­ra vida con el Señor y para el Señor. Estoy pre­parada”. Su dedicación diaria, ese constante po­nerse en pie espiritual y físicamente para seguir adelante, la había pre­parado para la verdadera Resurrección Pascual.

Si queremos trasladar toda nuestra narrativa sobre la Resurrección al contexto actual de guerra y de falta de paz no solo en Tierra Santa, sino en tantos países del mundo debe­mos mirar con honestidad las llagas de nuestro tiempo: desde las guerras de poder y dinero hasta el tráfico de seres humanos y los abusos; desde las luchas étnicas de quien busca so­brevivir al otro imponiendo una so­beranía absoluta, hasta la violencia de quien anhela el dominio sobre el prójimo. Es el dominio del hombre sobre la mujer, del poderoso sobre el débil, del grande sobre el peque­ño, del rico sobre el pobre.

En este escenario mundial de de­lito e injusticia, la tumba vacía de Jerusalén nos dirige una invitación inesperada: nos llama a ejercer un “poder”. Es el mismo mandato que recibió la Magdalena, cuando Jesús mismo le dijo que fuera a anunciar a los hermanos que Él había resu­citado.

María Magdalena, primera testigo del Resucitado, representa precisa­mente esta transformación del do­lor en misión. Ella, que había ido al sepulcro a llorar, sale del como apóstol de los apóstoles. Este dina­mismo pascual es esencial: quien entra en contacto con el misterio del sepulcro vacío, no puede permane­cer inmóvil. La experiencia de la Resurrección genera necesaria­mente envío, anuncio, testimonio. En un mundo herido, el cristiano no es es­pectador de la muerte, sino testigo de la vida.

He aquí el verdadero po­der que nos otorga el se­pulcro vacío de Cristo: no es el poder de posesión, sino es un poder de entrega, de amar a quien nos odia, de perdonar a quien nos hace daño, el poder de anunciar cie­los y tierra nuevos en su nombre. Es el poder de meditar en la belleza de sus obras en lugar de destruirlas con los conflictos; el poder de sem­brar concretamente la paz en lugar de infligir dolor. Finalmente, es el poder de plantar flores y disfrutar de su aroma, en lugar de erradicar los bosques, belleza del Señor sobre la tierra.

El sepulcro vacío, entonces, no es un monumento al pasado, sino el es­pacio abierto donde cada día apren­demos a caminar hacia la santidad y la vida eterna, como testigos de Jesús.

“A este Jesús Dios lo Resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos” (Hch 2, 32).