Periodico La Verdad

Vida nueva en Jesucristo Resucitado

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta.

Con gran alegría y gozo vivimos la Resurrección del Señor, des­pués de un tiempo de gracia en el que hemos caminado en el perdón y la reconciliación, que nos ha dispues­to a recibir el don de la paz, que nos trae Jesucristo Resucitado, para tener una vida nueva en Él: “por el bau­tismo hemos sido sepultados con Cristo quedando vinculados a su muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por el poder del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva” (Rom 6, 4). Esto nos permite vivir transformados en Cristo y comuni­carlo a otros como experiencia de fe, cimiento de nuestra vida cristiana tal como lo señaló San Pablo: “si Cris­to no ha resucitado, la fe de ustedes no tiene sentido y siguen aún sumi­dos en sus pecados” (1Cor 15, 17).

La Resurrección de Jesucristo es la revelación suprema, la roca firme so­bre la que está cimentada nuestra fe y esperanza, la manifestación decisiva para decirle al mundo que no reina el mal, ni el odio, ni la venganza, sino que reina Jesucristo Resucitado que ha venido a traernos amor, perdón, reconciliación, con el don de la paz y una vida renovada en Él, para te­ner vida eterna. La Resurrección de Cristo es esperanza verdadera y firme para el ser humano, que muchas veces camina vacío, en el mal y la violencia que conducen a la muerte. Realmente Jesucristo ha Resucitado, tal como lo atestiguan los evangelistas: “ustedes no teman; sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí, ha resu­citado como lo había dicho” (Mt 28, 5 – 6). Él es la fuente de la verdadera vida, la luz que ilumina las tinieblas, el camino que nos lleva a la vida eter­na a participar de la Gloria de Dios.

Nuestro caminar diario tiene que con­ducirnos a un encuentro personal con Jesucristo vivo y Resucitado, “que me amó y se entregó por mí” (Gal 3, 20). Ahora Resucitado vive y tiene en su poder las llaves de la muerte y del abismo, para levantarnos del pecado mediante el perdón, devolvernos la gracia que nos renueva desde dentro con una vida nueva y convertirnos en misioneros transmitiendo todo lo que nos ha enseñado, según el mandato entregado a los discípulos: “vayan y hagan discípulos a todos los pue­blos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19 – 20). Esta misión guía nuestro trabajo pastoral en este año de gracia del Señor.

Así lo entendieron los primeros cre­yentes que vieron a Jesucristo y lo palparon Resucitado, Pedro, Tomás que al principio no creyó que había Resucitado, los apóstoles y los discí­pulos, al verlo, comprendieron per­fectamente que su misión consistía en ser testigos de la Resurrección de Cristo, porque de este acontecimien­to único y sorprendente dependería la fe en Él y la difusión de su mensaje de salvación. También nosotros en el momento presente de nuestra fe, so­mos confirmados en el Resucitado, para llevar a cabo la misma misión de Cristo que ha venido a traer perdón, reconciliación y paz. La fe apostólica que recibimos por la predicación de la Iglesia, es la que transmitimos a los demás hermanos.

La primera palabra de Jesús para los discípulos fue de paz y solo esa pala­bra fue suficiente para que se llenarán de alegría y todos los miedos, dudas e incertidumbres que tenían quedaran atrás y se convirtieran en fuente de esperanza para la Iglesia y la humani­dad. Un mensaje de paz que contiene la misericordia y el perdón del Padre Celestial. Con este mensaje los discí­pulos fueron enviados a anunciar la misericordia y el perdón: “a quienes les perdonen los pecados les que­dan perdonados” (Jn 20, 23), dejando la paz a todos, porque no puede existir paz más intensa en el corazón que sen­tirse perdonado. Esa realidad renueva toda la vida, para que sigamos adelante cumpliendo el mandato misionero de comunicar a Jesucristo Resucitado.

Dejemos a un lado nuestros odios, resentimientos, rencores y venganzas que causan división y producen vio­lencia y muerte. Oremos por nuestros enemigos, perdonemos de corazón a quien nos ha ofendido y pidamos perdón por las ofensas que hemos he­cho a nuestros hermanos. Dios hace nuevas todas las cosas, no temamos, no tengamos preocupación alguna, pongámonos en las manos del Padre que perdona. La Eucaristía que vivi­mos con fervor es nuestro alimento, es la esperanza y la fortaleza que nos conforta en la tribulación; una vez fortalecidos, queremos transmitir esa vida nueva con mucho entusiasmo a nuestros hermanos, a nuestra familia, para que todos tengan vida nueva en Jesucristo Resucitado.

La esperanza en la Resurrección debe ser fuente de consuelo, de paz y for­taleza ante las dificultades, ante el sufrimiento físico o moral, cuando surgen las contrariedades, los pro­blemas familiares, cuando vivimos momentos de cruz, de dolor, de en­fermedad y de muerte. Un cristiano no puede vivir como aquel que ni cree, ni espera. Porque Jesucristo ha Resucitado, nosotros creemos y es­peramos en la vida eterna, en la que viviremos dichosos con Cristo y con todos los santos. Necesitamos esfor­zarnos constantemente para estar más cerca de Jesús. Tenemos esta posi­bilidad gracias a su Resurrección. La comunión que recibimos en cada Eucaristía nos renueva interiormente, nos transforma en Cristo, hasta llegar a decir con San Pablo “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20).

Los animo a que sigamos adelante en ambiente de alegría pascual y gozo por la Resurrección del Señor, con la esperanza que un día llegaremos a ser resucitados con Cristo. Que la oración pascual nos ayude a seguir a Jesús Resucitado con un corazón abierto a su gracia y a dar frutos de fe, esperanza y caridad para con los más necesitados y siempre pues­tos en las manos de Nuestro Señor Jesucristo, que es nuestra esperanza. También, bajo la protección y ampa­ro de la Santísima Virgen María y del Glorioso Patriarca San José, que nos protegen. Felices Pascuas para todos.

En unión de oraciones, reciban mi bendición.