Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta.
Caminando al encuentro con Jesús en la Palabra de Dios. Dentro de poco comenzaremos el tiempo de Cuaresma con el Miércoles de Ceniza el próximo 18 de febrero. Con la invitación concreta a dejarnos transformar por la gracia de Dios, ayudados por la oración, la penitencia y el ejercicio de la caridad, que hacen resonar en el corazón la Palabra del Señor: “conviértete y cree en el Evangelio” (Mc 1, 15), esta nos permite reflexionar sobre nuestra vida y volver a Dios, renovando la fe, la esperanza y la caridad; fortaleciendo la gracia y la bendición de Dios en nuestras vidas.
Todos desde el bautismo hemos iniciado una peregrinación de la Fe que termina en la vida eterna. Con este sacramento hemos recibido la gracia de ser hijos de Dios, miembros de la comunidad de creyentes que es la Iglesia, iluminados por la luz de Cristo Resucitado que nos ayuda a recorrer el camino correcto. Sin embargo, el pecado está siempre presente en la vida del ser humano, debilita y destruye esa gracia; por eso se hace necesario el sacramento de la confesión, que nos devuelve la gracia perdida por el pecado.
Para reconocer el pecado personal es necesario estar muy cerca de Dios, para poder sentir el dolor por el rechazo a Él, descubriendo con el pecado la gran pérdida de la gracia. Así lo expresa el Catecismo de la Iglesia Católica: “el pecado está presente en la historia del hombre. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios” (CCE 387).
Cuanto más cerca estamos de Dios más podemos sentir el desastre y las heridas que causa el pecado en la vida del creyente. Sin embargo, tenemos la posibilidad en Jesucristo nuestro Señor de recuperarnos, recibiendo su perdón misericordioso, que restaura la vida de la gracia en nuestro corazón: “cuánto más se multiplicó el pecado, más abundó la gracia; de modo que si el pecado trajo el reinado de la muerte, también la gracia reinará y nos obtendrá, por medio de nuestro Señor Jesucristo, la salvación que lleva a la vida eterna” (Rom 5, 20 – 21).
Como pecadores no estamos abandonados por Dios, al contrario, en Jesucristo hemos sido buscados, somos la oveja perdida, la que está fuera del redil que Dios busca constantemente, basta dejarnos encontrar por el Señor. Así lo expresa el Catecismo de la Iglesia Católica: “tras la caída, el hombre no fue abandonado por Dios. Al contrario Dios lo llama y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída” (CCE 410); basta que podamos decir con humildad: “lava del todo mi delito, limpia mi pecado” (Sal 50, 4).
Jesucristo desde la cruz ha entregado la vida para darnos su perdón, que es la gracia salvadora, eterna, infinita e inmerecida que el Padre misericordioso entrega a toda la humanidad. De tal manera que en Jesucristo tenemos la certeza de que el ser humano no está perdido y tenemos la esperanza de ser perdonados, que es la garantía que la gracia de Dios sobreabunda en nuestras vidas, somos testigos de la misericordia del Padre y tenemos la misión de anunciarlo a los demás, siendo instrumentos de la misericordia de Dios para los demás.
El mundo, nuestra región y muchas de nuestras familias están sufriendo las consecuencias del pecado, experimentando división, violencia y muerte. Desde la fe damos testimonio que sin Dios es imposible una salida; por eso, es hora de volver al Señor, haciendo resonar en el corazón las palabras que escucharemos el Miércoles de Ceniza y durante toda la Cuaresma: “conviértete y cree en el Evangelio” (Mc 1, 15). Tomando conciencia que: “la victoria sobre el pecado obtenida por Cristo nos ha dado bienes mejores que los que nos quitó el pecado: ‘donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia’” (Rm 5, 20) (CCE 420); porque Cristo murió para darnos su perdón y mirándolo a Él en la cruz, debemos aprender a perdonar, a resolver las dificultades y conflictos de la vida con el perdón, la reconciliación que nos trae el don precioso de la paz.
Para comprender este itinerario espiritual que nos propone la Iglesia en el tiempo cuaresmal es necesario estar abiertos a la conversión, que significa reforzar la fe en el Evangelio de Jesucristo y en profunda oración, pedir perdón a Dios por nuestros pecados y Él, con su amor misericordioso desde la Cruz nos perdona, para que volvamos a Dios. Pero también es tiempo para perdonar a nuestros hermanos, por las ofensas que nos han hecho, “perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6, 12), repetimos con frecuencia en la oración del Padre Nuestro, siendo el perdón, la mejor medicina, gracia de Dios y paz para nosotros, que sobreabundan en el corazón del creyente convertido al Señor.
Que esta Cuaresma que estamos prontos a iniciar sea un tiempo donde dejemos que sobreabunde la gracia de Dios en nuestras vidas, para reafirmar nuestra respuesta de fe, esperanza y caridad a la llamada que Dios nos hace a la conversión y a la santidad. Todo esto, escuchando y leyendo el Evangelio del Señor, meditándolo y creyendo en su Palabra y con ello cumplir con el mandato misionero que nos ha dejado: vayan y hagan discípulos, siendo luz del mundo. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, alcancen de Nuestro Señor Jesucristo las gracias necesarias para dejarnos reconciliar por Él y volver al camino de la gracia.
En unión de oraciones, reciban mi bendición.