Periodico La Verdad

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“Cuida de él y si gastas algo más te lo pagaré cuando vuelva” Lc 10, 35b

Por: Pbro. Elkin Jesús Ardila Boada, vicario de la parroquia San Francisco de Asís.

La fragilidad es uno de los rasgos que más caracterizan nuestra humanidad, si bien es cierto que por una parte somos capaces de pensar en realidades trascendentales como la eternidad o una vida sin sufrimiento; por otra parte, realidades como nuestra corporeidad, los límites de la inteligencia, los sentimientos y demás, nos ponen en un terreno de vulnerabilidad ante circunstancias como tribulaciones emocionales, la ignorancia, las afecciones físicas y en último punto frente a lo inminente de la muerte.

De lo anterior, el hecho de la enfermedad es una de las situaciones que más aqueja al hombre, ya que el sufrimiento no queda solo en el ámbito de lo físico, sino que envuelve también lo psicológico e inclusive el ámbito espiritual. Una persona que experimenta un fuerte dolor también puede experimentar tristeza, rabia, desesperación o puede llegar a renegar de su fe, de Dios, de su vida, entre otras cosas.

Conceptualmente la palabra enfermedad, viene del latín “infirmitas”, que se forma por el prefijo in (negación) y firmus (firmeza). Significando literalmente “no firmeza”, o “estado de debilidad” de connotación física o moral.

El ámbito bíblico presenta la enfermedad como “un poder hostil a Dios y en relación a la muerte como consecuencia del pecado, es aquella que destruye la vida; pero también puede ser experimentada como prueba de la fe y como llamada a la penitencia y a la conversión (Job 32-37; Pro 3,11ss.; Hb 12,5ss.), a la paciencia y a la esperanza (Rom 5,1ss.)

Los escritos bíblicos se interesan por los hombres enfermos, por su condición débil, enfermiza y por las experiencias existenciales vinculadas a esta situación, pero no por la enfermedad en cuanto tal (…) La relación sensible y compleja entre la enfermedad y la salud se presenta en el Nuevo Testamento en el espejo de las actuaciones de Jesús de Nazaret, quien se preocupa por la suerte de los enfermos curando y liberando”1 .

En este orden de ideas, la misión de Jesús a sus discípulos es clara: los enfermos deben ser cuidados y curados: “curen los enfermos que haya en ella, y díganles:

“El Reino de Dios está cerca de ustedes”.Lc 10, 9. Jesús no es lejano de las miserias humanas, se compadece y devuelve la salud; Él mismo experimenta el dolor y el sufrimiento manifestándose a través de este especialmente en la Cruz.

Aquel que sigue a Jesús por ende está llamado a sentir y actuar como Él, a vencer la indiferencia, a estar dispuesto a dejar las comodidades y las seguridades que impiden ver al hermano que sufre; ejemplo de esto sin duda lo encontramos en cada palabra del Evangelio, que permite percibir los sentimientos de Cristo que nunca se guarda nada para sí y que, tocando, anunciando y expulsando, devuelve la vida en su integridad humana.

¿De qué manera acompañar y cuidar a una persona enferma? Una respuesta acertada a este interrogante sin duda sería: como lo haría Jesús. El cual nos muestra en diversos pasajes bíblicos lo que significa donarse a los hermanos. Una parábola que podría brindar un ejemplo puntual es aquella conocida como “el buen samaritano”, la cual se encuentra en Lucas 10, 29-37.

Allí vemos como un doctor de la ley que le pregunta a Jesús quién es el prójimo al que debe amar, recibe una respuesta preciosa: un hombre que viajaba de Jerusalén a Jericó fue asaltado por ladrones y abandonado casi muerto; un sacerdote y un levita pasaron de largo, pero un samaritano se compadeció de él, vendó sus heridas, lo llevó a una posada y pagó para que lo cuidaran.

Sin duda este texto no solo llama al lector a imitar el gesto generoso y compasivo del samaritano, sino como lo afirma el Papa León en el mensaje para la Jornada mundial del enfermo, es preciso tomar conciencia de que: “Vivimos inmersos en la cultura de lo rápido, de lo inmediato, de las prisas, así como también del descarte y la indiferencia, que nos impide acercarnos y detenernos en el camino para mirar las necesidades y los sufrimientos a nuestro alrededor. La parábola narra que el samaritano al ver al herido no “pasó de largo”, sino que tuvo para él una mirada abierta y atenta, la mirada de Jesús, que lo llevó a una cercanía humana y solidaria.

El samaritano “se detuvo, le regaló cercanía, lo curó con sus propias manos, puso también dinero de su bolsillo, se ocupó de él, y sobre todo le dio su tiempo. Jesús no enseña quién es el prójimo, sino cómo hacerse prójimo, es decir, cómo volvernos nosotros cercanos”2.

Como cristianos acompañamos desde la oración, que fortalece el alma y eleva nuestras cruces a la cruz de Cristo, dando al sufrimiento un sentido superior y eterno. Finalmente estemos atentos a que cada vez que una persona que sufre enfermedad y reclame nuestra atención, podamos responder generosamente a la voz de Jesús que nos dice:

“Cuida de él y si gastas algo más te lo pagaré cuando vuelva” Lc 10, 35b.

1. Cfr. Diccionario enciclopédico de exégesis y teología bíblica, tomo 1, Herder, pág. 532.

1. Mensaje del Santo Padre León XIV para la XXXIV Jornada Mundial del Enfermo, 20.01.2026.