Por: Pbro. Yessid Fernando Rubio Rolón, delegado de pastoral vocacional, párroco de Nuestra Señora de la Esperanza.

Llegar a Lourdes como seminarista fue una experiencia que marcó profundamente mi camino vocacional y de crecimiento humano. No fui únicamente como peregrino, sino como voluntario, dispuesto a servir, acompañar y aprender desde la sencillez del encuentro con el otro. Hoy, ya como sacerdote, puedo afirmar que Lourdes fue una de las escuelas más grandes de fe que he conocido.
Durante mi tiempo como seminarista voluntario, tuve la oportunidad de servir a personas enfermas, adultos mayores y peregrinos que llegaban cargados de dolor, esperanza y oración. Mi labor no consistía en grandes discursos, ni gestos extraordinarios; sino en acciones simples:
empujar una silla de ruedas, escuchar en silencio, ayudar en los traslados, compartir una sonrisa o rezar juntos.
En esa aparente rutina diaria, Dios se manifestaba de manera constante y profunda.
Lourdes me enseñó que el verdadero servicio nace del corazón dispuesto.
Allí comprendí que no siempre se sirve desde la fortaleza, sino muchas veces desde la fragilidad compartida.
Los enfermos, lejos de ser solo receptores de ayuda, se convirtieron en maestros de fe, paciencia y abandono en Dios. Su testimonio silencioso hablaba más que cualquier homilía.
Como seminarista, este voluntariado me ayudó a entender el sacerdocio no como un lugar de privilegio, sino como una vocación de entrega.
Aprendí que el sacerdote está llamado a caminar con su pueblo, a tocar el dolor humano sin miedo y a ser presencia de consuelo, incluso cuando no hay respuestas claras. Lourdes me mostró que la fe se vive de rodillas, pero también empujando una silla, limpiando una herida o acompañando una lágrima.
La experiencia mariana fue igualmente transformadora. En la gruta, frente a Nuestra Señora de Lourdes, llevé mis propias dudas, temores y preguntas vocacionales. Allí, en el silencio y la oración, sentí una profunda paz y la certeza de que Dios actúa en la sencillez y en el servicio humilde. María me enseñó a decir “sí” cada día, incluso cuando el camino no es del todo claro.
Hoy, al mirar atrás, agradezco a Dios por haberme permitido servir en Lourdes siendo seminarista. Ese voluntariado sigue dando fruto en mi ministerio sacerdotal. Cada vez que acompaño a un enfermo, visito a un anciano o escucho a alguien que sufre, reconozco algo de Lourdes en ese encuentro. Fue allí donde confirmé que el amor se hace creíble cuando se traduce en servicio concreto. Lourdes no fue solo un lugar que visité; fue una experiencia que transformó mi manera de vivir la fe y el sacerdocio. Servir allí fue, sin duda, una gracia que llevo grabada en el corazón.
El encuentro con quien está enfermo interiormente nutre nuestra humanidad; en Lourdes se puede llorar, en el momento del sufrimiento, o del luto por un ser querido, es decir, un signo de humanidad herida en búsqueda de paz y de consolación. Ser auténticos en Lourdes es lo esencial para avanzar en las relaciones humanas y en lo maravilloso que es Dios para con el ser humano.
Al santuario de Lourdes vienen una cantidad de peregrinos, para recordar las apariciones a santa Bernardita y allí se puede caminar para conocer los lugares históricos que marcaron el acontecimiento de lo que hoy se percibe como uno de los grandes santuarios de la humanidad.
En mi servicio allí, servíamos de guías, acompañábamos el rezo del viacrucis, servíamos en la liturgia y del rosario con antorchas en diversos idiomas. Nuestra señora de Lourdes abraza a todos con su amor de madre, pero sobre todo nos lleva a abrazar a Jesús herido y de eso es lo que mejor recuerdo al tomar hoy en cada misa el Cuerpo de Cristo y su Sangre que elevados me hacen ahora abrazarle sacramentalmente.
Oremos por los enfermos, por los que sufren y que Nuestra Señora de Lourdes interceda por todos nosotros.