Periodico La Verdad

Therians: la identidad fragmentada en la era de las redes sin control

Por: sem. Luis Francisco Salazar Cucaita, síntesis vocacional.

El fenómeno de los llamados therians no puede comprenderse al margen del ecosistema digital que lo ha incubado y multiplicado. No estamos ante una expresión aislada surgida espontáneamente en patios escolares; estamos ante una tendencia amplificada, normalizada y, en muchos casos, celebrada por plataformas digitales que operan con escaso control formativo y una lógica puramente algorítmica. La identidad, en este contexto, se convierte en contenido; y el contenido, en mercancía emocional.

Redes como TikTok, Instagram o YouTube no solo difunden estas prácticas: las convierten en espectáculo. Videos de adolescentes desplazándose en cuatro extremidades, usando máscaras de lobos o felinos, acumulando miles de “likes”, comentarios y seguidores, generan un efecto de validación inmediata. El algoritmo premia lo llamativo, lo disruptivo, lo que rompe con lo ordinario. Y el adolescente —en una etapa particularmente sensible a la aprobación social— aprende rápidamente que la diferencia extrema produce visibilidad.

Aquí radica uno de los puntos más críticos: la ausencia de filtros formativos proporcionales al poder de influencia de estas plataformas. No existe un acompañamiento pedagógico integrado a la experiencia digital. Los jóvenes navegan en océanos de microculturas sin brújula adulta. Se exponen a discursos que presentan la identidad como completamente autodefinible, desligada de toda referencia objetiva o natural. El mensaje implícito es contundente: “Eres lo que sientes ser, y si lo expones bien, serás celebrado por ello”.

Este entorno favorece una cultura de la autoafirmación sin contraste. La comunidad digital sustituye progresivamente a la comunidad real. El grupo virtual ofrece pertenencia sin exigencia, adhesión sin responsabilidad, identidad sin proceso. Se puede entrar y salir, cambiar de etiqueta, modificar la narrativa personal con la misma facilidad con que se edita un perfil. La identidad personal deja de ser un camino de maduración para convertirse en una construcción performativa.

Desde una perspectiva crítica, el fenómeno therian revela una sociedad que ha delegado en los algoritmos una parte sustancial de la educación simbólica de sus hijos. Padres que desconocen qué consumen sus adolescentes. Horas incontables frente a pantallas sin mediación adulta. Influencers que asumen, de facto, el rol de referentes culturales. No se trata de demonizar la tecnología, sino de reconocer su poder formativo —o deformativo— cuando opera sin orientación.

La Catecismo de la Iglesia Católica enseña que el hombre ha sido creado “a imagen y semejanza de Dios” (cf. nn. 356–357), lo que fundamenta su dignidad singular entre todas las criaturas visibles. Esta imagen se expresa en su condición espiritual: el ser humano es unidad de cuerpo y alma (n. 362), posee un alma espiritual creada inmediatamente por Dios (n. 366) y participa de la luz de la inteligencia y de la libertad divinas (n. 357). Por ello, su dignidad no es fruto de un consenso social ni de una autopercepción subjetiva, sino una realidad ontológica que brota de su ser mismo y de su vocación a la comunión con Dios (nn. 358–361). En consecuencia, reducir al hombre a la categoría de mero animal en sentido esencial contradice la verdad revelada sobre su naturaleza y su destino.

En continuidad con esta doctrina, la Declaración Dignitas infinita del Dicasterio para la Doctrina de la Fe afirma que la dignidad humana es intrínseca, inalienable y fundada en el ser mismo de la persona creada a imagen de Dios (n. 11). Esta dignidad, que no depende de condiciones históricas, cualidades accidentales ni valoraciones externas, exige reconocer la especificidad ontológica del ser humano frente al resto de la creación. Por tanto, toda afirmación que niegue su dimensión espiritual y su constitutiva apertura a Dios desconoce el fundamento doctrinal de la antropología cristiana y vulnera la verdad sobre la persona humana custodiada por el Magisterio.

Pero la respuesta eclesial no puede reducirse a una corrección doctrinal abstracta. Debe ser pastoralmente incisiva. Si los jóvenes buscan identidad en redes sin control, es porque en muchos casos no la encuentran suficientemente afirmada en sus entornos reales. Si buscan pertenencia digital, es porque experimentan soledad o fragmentación en la vida concreta. El fenómeno no es solo un error conceptual; es un síntoma existencial.

Ser incisivos implica también llamar a la responsabilidad. Los padres no pueden limitarse a reaccionar cuando el problema ya es visible. La educación digital no es opcional: es parte integral de la misión educativa. Saber qué contenidos consumen los hijos, conocer sus referentes virtuales, dialogar sobre las narrativas que circulan en redes, establecer límites claros y razonables, no es control autoritario; es ejercicio responsable de la paternidad y maternidad.

Asimismo, las comunidades educativas y parroquiales deben reconocer que la formación hoy se libra también en el terreno digital. No basta con propuestas aisladas; es necesario ofrecer espacios atractivos, coherentes y exigentes que presenten una visión integral del ser humano. Frente a la fragmentación identitaria, la Iglesia está llamada a proponer una síntesis: cuerpo y alma, libertad y verdad, afectividad y razón.

Hay que decirlo con claridad: no toda tendencia viral es inocua. Algunas revelan heridas culturales profundas. El fenómeno therian, amplificado por redes sociales sin supervisión formativa adecuada, expone una generación que experimenta confusión sobre su propia naturaleza. Ridiculizar sería cruel; validar acríticamente sería irresponsable. Lo verdaderamente pastoral es acompañar con caridad, pero también reafirmar sin ambigüedades la verdad sobre la persona humana.

Si las redes sociales se han convertido en el nuevo ágora formativa, la pregunta decisiva es quién está ocupando ese espacio. Si los algoritmos educan más que los padres, el problema no es solo tecnológico; es cultural y moral. Y ante ello, la respuesta no puede ser pasividad. Debe ser presencia, formación, vigilancia amorosa y una proclamación serena pero firme: la identidad humana no se improvisa en una pantalla; se descubre en la verdad y se madura en comunidad.