Por: Lorenzo Iorfino (Italia), periodista y estudiante de comunicación social institucional, Universidad Santa Cruz- Roma.

A un año de la muerte del Papa Francisco, el silencio que dejó no se ha desvanecido. No es un silencio vacío, sino aquel que interroga, que incomoda y que, de algún modo, obliga a devolver la mente al hombre que tanto nos dio. Pues la ausencia no se mide en afectos, ni en símbolos, sino en la medida de una voz capaz de iluminar con sencillez, y profundidad, las complejidades del mundo contemporáneo.
El 21 de abril de 2025, la Iglesia recibió la noticia con gran dolor. El cardenal Kevin Farrell anunciaba con palabras sobrias y cargadas de dolor que el Obispo de Roma había “vuelto a la casa del Padre”, tras una vida entregada al servicio del Evangelio, vivida con fidelidad, coraje y amor universal, particularmente hacia los pobres y marginados. Aquella mañana marcó el final de un pontificado que, durante más de una década, buscó devolver al corazón de la Iglesia su vocación más esencial: la cercanía.
Resulta inevitable recordar que apenas horas antes, desde la logia de la Basílica de San Pedro, el Papa había impartido la bendición Urbi et Orbi en ocasión de la Pascua. Incluso, debilitado físicamente, quiso recorrer la plaza para saludar a los fieles. Ese gesto final —tan profundamente coherente con su estilo— sintetiza el sentido de su ministerio: un pastor que no se reserva, que no se protege, que permanece junto a su pueblo hasta el último aliento.
Nacido en Buenos Aires en 1936, Jorge Mario Bergoglio fue el primer Papa jesuita y latinoamericano; pero, más allá de esos hitos históricos, su verdadera novedad radicó en la forma. Desde su elección en 2013, eligió llamarse como San Francisco de Asís, señalando con claridad el horizonte de su pontificado: una Iglesia pobre para los pobres.
Esa opción no quedó en el plano retórico. Renunció a los signos de poder, prefirió la residencia de Santa Marta, adoptó un lenguaje directo y pastoral, y, sobre todo, insistió en que la Iglesia debía ser un “hospital de campaña”. En tiempos de rigidez y autorreferencialidad, su llamado a la misericordia expresado también en gestos y frases como “¿quién soy yo para juzgar?” abrió caminos de diálogo que no estuvieron exentos de tensiones internas. Era un hombre que prefería las aristas de la realidad a la comodidad de las certezas sin carne.
Su magisterio puso en el centro a los descartados: migrantes, pobres, ancianos, niños. Denunció con claridad las estructuras de injusticia, la cultura del descarte y la indiferencia globalizada. Al mismo tiempo, promovió una reforma eclesial que buscaba mayor transparencia, especialmente frente a los escándalos que habían erosionado la credibilidad de la Iglesia.
La muerte del Papa Francisco se produjo en un contexto internacional marcado por conflictos armados, polarización política y profundas desigualdades. En ese escenario, su figura representaba un punto de referencia ético que trascendía las fronteras de la Iglesia. No se trataba de un liderazgo basado en el poder, sino en la autoridad moral. Sus constantes llamados a la paz, al diálogo interreligioso y a la fraternidad universal —con gestos tan significativos como los encuentros con líderes de otras confesiones— constituyeron un esfuerzo constante por construir puentes en lugar de muros. Era esa voz la que, con humildad pero sin rodeos, recordaba a los poderosos que no hay futuro si se sigue construyendo sobre la indiferencia del sufrimiento ajeno.
Asimismo, su encíclica Laudato si’ sobre el cuidado de la casa común, introdujo con fuerza la dimensión ética de la crisis ambiental, recordando que no puede haber justicia social sin justicia ecológica. Su insistencia en escuchar “el clamor de la tierra y el clamor de los pobres” permanece como una de las claves interpretativas de su pontificado. Un año después, mientras el planeta sigue ardiendo, de guerra en guerra, esa advertencia profética resuena con una urgencia que ya no puede ser postergada.
A un año de su partida, el riesgo más grande no es el olvido, sino la domesticación de su mensaje. Convertir al Papa Francisco en una figura meramente evocativa, despojada de la radicalidad evangélica que caracterizó su acción, sería traicionar el núcleo de su enseñanza. Es más fácil enmarcar su foto que poner en práctica su llamado a salir a las periferias.
Su legado no puede reducirse a la admiración. Exige conversión. Exige revisar las prácticas eclesiales, las prioridades pastorales y, sobre todo, la coherencia entre el anuncio y la vida. En cada parroquia, en cada comunidad, la pregunta que él nos dejó sigue vigente: ¿cómo es nuestra Iglesia?, ¿sigue siendo una Iglesia que huele a oveja?
En un tiempo que continúa marcado por la tentación del poder, la indiferencia frente al sufrimiento y la fragmentación social, la ausencia de su voz hace más urgente asumir la responsabilidad que él mismo señaló: construir una Iglesia más cercana, más humilde y más fiel al Evangelio.
Un año después, su figura sigue iluminando, pero ya no desde la presencia, sino desde la memoria activa. Una memoria que no consuela únicamente, sino que impulsa. Porque, como él mismo enseñó con su vida, la fe no se mide en palabras, sino en la capacidad de hacerse prójimo.
Y esa tarea, hoy más que nunca, permanece abierta. Quizás ese sea el mejor homenaje que podemos ofrecerle: no quedarnos mirando al cielo, sino ensuciarnos las manos en la tierra, con esa misma ternura y esa misma valentía con la que él nos enseñó a caminar.