Periodico La Verdad

La Resurrección, fundamento y camino de las Comunidades Eclesiales Misioneras

Por: Fredy Ramírez Peñaranda, párroco de San Juan Evangelista

Fotos: CCDC

INTRODUCCIÓN

La Resurrección de Jesucristo no es simplemente un acon­tecimiento glorioso del pa­sado, sino el núcleo que sostiene y dinamiza toda la vida cristiana. Es el acontecimiento que inaugura una nueva creación, rompe las cadenas del pecado y de la muerte, y abre para la humanidad un horizonte de esperanza. “Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe” (1 Co 15, 14). La misión de la Iglesia nace preci­samente de este hecho: Cristo Re­sucitado envía a sus discípulos a anunciar la Buena Noticia a todas las naciones (Mt 28).

La Resurrección transforma a los discípulos temerosos en testigos valientes. Antes del encuentro con el Resucitado, los apóstoles esta­ban encerrados, paralizados por el miedo. Después, se convierten en misioneros incansables. Esta trans­formación no es fruto de un esfuer­zo humano, sino del encuentro con Cristo vivo. Por eso, toda misión auténtica nace de la experiencia per­sonal y comunitaria del Resucitado.

La misión no es una tarea opcional, sino una consecuencia natural de haber encontrado a Cristo. Quien ha experimentado su amor y su victoria sobre la muerte no puede guardarlo para sí. La misión es, entonces, un desbordamiento de alegría pascual.

Por ello, fruto de esta experiencia de encuentro, se camina no dentro del individualismo sino en comunidad, en familia como Iglesia. Descubrir que la experiencia pascual nos pro­yecta a vencer los temores y nos abre un horizonte donde la vivencia del amor en medio de los limites llena la vida de sentido y la fe de razones para testimoniar y anunciar a Cristo muerto y resucitado.

1. Las comunidades eclesiales mi­sioneras (CEM): espacios de en­cuentro con el Resucitado.

En el contexto actual, las pequeñas comunida­des misioneras se con­vierten en un camino privilegiado para vivir la misión. Son grupos de discípulos que se re­únen regularmente para orar, formarse, discernir, compartir la vida y salir a la misión. Estas comu­nidades permiten que la fe se haga cercana, encarnada y transformadora.

El Papa Pablo VI respecto a las CEM dice:

“Estas últimas comunidades se­rán un lugar de evangelización, en beneficio de las comunidades más vastas, especialmente de las Iglesias particulares, y serán una esperanza para la Iglesia universal, como diji­mos al final del Sínodo, en la medi­da en que: buscan su alimento en la Palabra de Dios y no se dejan apri­sionar por la polarización política o por las ideologías de moda, prontas a explo­tar su inmenso potencial humano; evitan la tenta­ción siempre amenaza­dora de la contestación sistemática y del espíritu hipercrítico, bajo pretex­to de autenticidad y de espíritu de colaboración; permanecen firmemente unidas a la Iglesia local en la que ellas se hicieren, y a la Iglesia universal, evitando así el pe­ligro muy real de aislarse en sí mis­mas, de creerse, después, la única auténtica Iglesia de Cristo y final­mente, de anatemizar a las otras co­munidades eclesiales; guardan una sincera comunión con los pastores que el Señor ha dado a su Iglesia y al Magisterio que el Espíritu de Cristo les ha confiado; no se creen jamás el único destinatario o el único agente de evangelización, esto es, el único depositario del Evangelio, sino que, conscientes de que la Iglesia es mu­cho más vasta y diversificada, acep­tan que la Iglesia se encarna en for­mas que no son las de ellas; crecen cada día en responsabilidad, celo, compromiso e irradiación misione­ros; se muestran universalistas y no sectarias” (Evangelii Nuntiandi 58).

Características fundamentales:

• Centradas en la Palabra: la es­cucha orante de la Palabra permite que el Resucitado hable al corazón y renueve la vida (Hch 2, 42).

• Fraternales: son espacios donde se experimenta la acogida, la con­fianza y el apoyo mutuo.

• Misioneras: no se quedan en sí mismas; salen a visitar familias, acompañar procesos, servir a los más vulnerables y anunciar el Evan­gelio.

• Formativas: ayudan a madurar la fe, a comprender la misión y a desa­rrollar carismas.

• Eclesiales: no son grupos aisla­dos, sino parte viva de la parroquia y de la Diócesis.

Las pequeñas comunidades misio­neras permiten que la experiencia pascual se haga cotidiana. En ellas, Cristo Resucitado se hace presente en la Palabra, en la oración, en la fraternidad y en el servicio.

2. La insistencia en las comunidades eclesiales misioneras: un camino para la Iglesia de hoy.

La Iglesia insiste en las comunidades misioneras porque responden a los desafíos actuales: indi­vidualismo, indiferencia religiosa, fragmentación social, falta de acompa­ñamiento y necesidad de experiencias significati­vas de fe.

En una parroquia que quiere ser mi­sionera, las comunidades eclesiales misioneras no son un añadido, sino el corazón de la vida pastoral. Son el lugar donde la fe se hace expe­riencia, donde la misión se organiza y donde la Resurrección se celebra con alegría.

La Resurrección es el motor de la misión. Cristo vivo impulsa a la Iglesia a salir, anunciar, acompañar y transformar. Las co­munidades eclesiales misioneras son el espa­cio donde esta misión se hace concreta, cercana y fecunda.

Allí, los discípulos se encuentran con el Re­sucitado, se fortalecen mutuamente y salen a compartir la Buena No­ticia. Son como brasas que, juntas, mantienen el fuego encendido. Sin ellas, la mi­sión se debilita; con ellas, la misión se expande.

La insistencia en las comunidades no es una moda pastoral, sino una necesidad evangélica. En ellas, la Iglesia vuelve a sus raíces, recupera su dinamismo misionero y se con­vierte en una verdadera comunidad de discípulos misioneros.

Las comunidades eclesiales mi­sioneras no son nuevas en la vida de la Iglesia; estas pequeñas comu­nidades siempre se han formado como espacios oportunos para vi­vir y celebrar la fe. En una segun­da oportunidad se puede explorar a profundidad argumentando sobre los fundamentos bíblicos y teológi­cos de esta realidad evangelizado­ra. Estas comunidades eclesiales misioneras son un espacio de co­munión y participación, que brotan como fruto en el proceso de evan­gelización. Podemos decir que las comunidades eclesiales misioneras son el espacio adecuado para vivir la fe dentro de la comunidad ecle­sial. Estas comunidades son la base de la vida comunitaria, que no es la suma de individuos sino una expe­riencia de fe, que se vive en medio de las familias y con las familias

Una comunidad es un signo concre­to de la vida de fe, un espacio para el encuentro y el diálogo, compues­to por un grupo de personas que comienzan un camino de fe y vida cristiana en un entorno de frater­nidad. La espiritualidad de la co­munión es fundamental para poder formar y dar continuidad a esta co­munidad a lo largo del tiempo. La comunidad cristiana es tal cuando vive una experiencia de comunión, de compartir la fe y la vida, que or­ganiza reuniones de oración y fra­ternidad.

El documento de Aparecida ma­nifiesta esta comunidad como una experiencia de fe que favorece la evangelización, ya que esta comu­nidad ayuda a vivir la fe en la con­creción de la familia.

Que el Resucitado nos impulse a una misión valiente, creativa y llena de esperanza.