
Por: Sem. Luis Francisco Salazar Cucaita, año de síntesis vocacional.
E l mes de mayo, tradicionalmente dedicado a la Santísima Virgen María, nos invita a dirigir la mirada hacia aquella que la Iglesia venera como la Theotokos, Madre de Dios, y madre espiritual de todos los creyentes. Sin embargo, en el contexto contemporáneo, persiste una tensión teológica y devocional que requiere ser abordada con la claridad del magisterio reciente: la comprensión exacta del papel de María en la obra redentora de Cristo. La pregunta sobre si a la Virgen puede atribuírsele el título de “Corredentora” ha circulado en el ámbito teológico y en la piedad popular durante décadas. Frente a esta cuestión, la Iglesia ha hablado con una voz autorizada y renovada.
El 4 de noviembre de 2025, con la aprobación del Papa León XIV, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó la nota doctrinal Mater Populi Fidelis (Madre del Pueblo Fiel), un documento que, perteneciente al magisterio ordinario, ofrece una clarificación definitiva sobre los títulos marianos y su cooperación en la salvación[1]. Este artículo se propone desarrollar el tema de María junto a Jesús en la obra redentora, partiendo precisamente de esta base magisterial.
I. Fundamento bíblico:
la esclava del Señor y la mujer del sí
Para comprender correctamente el rol de María, es necesario regresar a la fuente de la revelación: la Sagrada Escritura. Lejos de presentar a una figura autónoma o paralela a Cristo, los textos bíblicos insertan a María de Nazaret plenamente dentro del plano salvífico de Dios, cuya iniciativa y eficacia pertenecen exclusivamente a Él.
El relato de la Anunciación en el Evangelio de Lucas (Lc 1, 26-38) constituye el locus theologicus por excelencia de la cooperación mariana. Aquí, María es interpelada por el ángel Gabriel, quien la saluda como Kecharitoméne (κεχαριτωμένη), “la llena de gracia”[2]. Este título pasivo indica que María ha sido ya objeto de la acción benéfica y santificante de Dios; es la destinataria de un favor gratuito. Su santidad es efecto de la gracia redentora de Cristo aplicada de modo anticipado, en previsión de los méritos de su Hijo. El Concilio Vaticano II, en Lumen Gentium (n. 56), nos recuerda que ella fue “enriquecida por Dios con dones apropiados a tal misión”[3]. Su respuesta, “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38), es el acto de fe y obediencia que la constituye como la primera creyente. Su cooperación comienza en ese instante: no como una labor activa que añade algo al valor infinito del sacrificio de Cristo, sino como una aceptación libre y total del plan divino.
Junto a la Anunciación, el cuarto Evangelio sitúa a María en los momentos cruciales de la vida pública y consumatoria de Jesús. En las bodas de Caná (Jn 2,1- 11), María percibe una necesidad (“no tienen vino”) y se la presenta a su Hijo. Su indicación a los sirvientes: “hagan lo que Él les diga”, es paradigmática. El Papa san Pablo VI, en su alocución de 1964, y san Agustín, prefigurando el título, subrayaron que María es madre de los miembros de Cristo porque cooperó con la caridad en el renacimiento de los fieles[5].
Sin embargo, el centro de la cooperación mariana en la obra redentora se alcanza en el Calvario. En Juan 19, 25- 27, Jesús, desde la cruz, pronuncia las palabras: “mujer, ahí tienes a tu hijo”, y al discípulo amado: “ahí tienes a tu madre”. La tradición eclesial ha visto en esta escena no solo un acto de afecto filial, sino una institución teológica: María es entregada como madre al discípulo, y en él, a toda la Iglesia[6]. San León Magno expresó que “el nacimiento de la Cabeza es también el nacimiento del Cuerpo”, indicando que María es madre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo Místico, la Iglesia[7]. De este modo, la presencia de María al pie de la cruz no es meramente física sino profundamente espiritual: ella sufre, ofrece y consiente en unión con el sacrificio de su Hijo.
II. Reflexión patrística y desarrollo del Misterio
La tradición patrística, leída en continuidad hermenéutica con el magisterio, no presenta una teología de María como corredentora en el sentido técnico moderno, sino que destaca su papel en la economía de la salvación como nueva Eva junto al nuevo Adán. San Justino, san Ireneo de Lyon y Tertuliano desarrollaron la célebre comparación paulina (Cf. Rm 5) entre Adán y Cristo, aplicándola de manera tipológica a Eva y María.
San Agustín de Hipona, pilar de la tradición occidental, ofrece una reflexión que anticipa la doctrina de María como “Madre de la Iglesia”. Al comentar el pasaje del Apocalipsis (Cf. Ap 12), sostiene que María es madre de los miembros de Cristo porque coopera con su caridad en el renacimiento de los fieles dentro de la Iglesia[8]. Esta afirmación sitúa la maternidad espiritual de María en el orden de la gracia, pero siempre como participación en la única fuente que es Cristo.
III. El Magisterio de la Iglesia: Mater Populi Fidelis
La enseñanza de la Iglesia sobre María ha conocido un desarrollo dogmático que culminó en las definiciones de la Inmaculada Concepción (1854) y la Asunción (1950), así como en la proclamación del título “Madre de la Iglesia” por Pablo VI en 1964[9]. Sin embargo, durante el siglo XX y lo que va del XXI, se hicieron crecientes peticiones a la Santa Sede para definir dogmáticamente a María como “Corredentora” y “Mediadora de todas las gracias”. El Dicasterio para la Doctrina de la Fe, bajo el pontificado del Papa León XIV, ha respondido con la nota Mater Populi Fidelis, que clarifica de manera definitiva el estatus teológico de estos títulos.
El documento, perteneciente al magisterio ordinario y, por tanto, vinculante para los fieles, establece dos puntos fundamentales. En primer lugar, rechaza la oportunidad y la conveniencia de proclamar el título de “Corredentora”. La razón principal es que este término “conlleva el riesgo de eclipsar el papel exclusivo de Jesucristo” en el misterio de la redención[10]. María es, ante todo, “la primera redimida” y, como tal, “no pudo ser la mediadora de la gracia que ella misma recibió”[11]. El título, además de no ser claro, podría oscurecer la verdad fundamental de que “no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en el que podamos salvarnos” (Hch 4, 12).
En segundo lugar, el documento precisa que, si bien puede hablarse legítimamente de una “única colaboración de María en la obra salvífica que Cristo realiza en su Iglesia”, cualquier mirada hacia ella que la distraiga de Cristo o la coloque al mismo nivel del Hijo de Dios queda fuera de la dinámica propia de una fe mariana auténtica[12]. El Papa Francisco lo expresó con claridad cuando enseñó que Jesús nos ha dado a Ma-ría como madre, “no como una diosa, no como corredentora”[13]. La piedad popular, si bien valiosa, puede a veces exagerar, y el amor a la Virgen no debe traducirse en un lenguaje que confunda los roles divinos y humanos.
IV. María camino a Jesús: exclusividad de Cristo y devoción mariana en mayo
La clarificación magisterial abre paso a una mariología profundamente cristocéntrica, que encuentra en el mes de mayo un marco propicio para su expresión. Si María no es corredentora, ¿cuál es entonces su función? La respuesta es que ella es el camino que conduce a Jesús de manera eminente, el “signo materno de la misericordia del Señor”, como la denomina Mater Populi Fidelis[14].
Esta verdad se apoya en el principio de la “participación” en la única mediación de Cristo (Cf. 1 Tim 2, 5). El Concilio Vaticano II (LG, 62) enseña que la mediación de María es “completamente subordinada a la de Cristo”[15]. La nota doctrinal reciente añade que “si esto es válido para todo creyente, ¡cuánto más debe afirmarse de María de modo único y supremo!”[16]. Es decir, su cooperación, lejos de ser una competencia con la obra redentora, es su más alta expresión creatural. Al igual que Juan el Bautista señaló al Cordero de Dios, María señala perpetuamente hacia Jesús. El Rosario, como lo recuerda el documento Rosarium Virginis Mariae de san Juan Pablo II, es una oración cristocéntrica en esencia, a pesar de su carácter mariano; es un compendio del Evangelio que nos sienta en la escuela de María para contemplar el rostro de Cristo[17].
En el contexto del mes de mayo, la Iglesia nos invita a imitar sus virtudes, especialmente su fe, su obediencia y su disponibilidad. Se trata de “hacer lo que Él nos diga” (Jn 2, 5) con la misma actitud de la esclava del Señor. La Virgen no puede ni debe convertirse en un fin último de la devoción; quien se detiene en ella como término final no la comprende, porque el corazón de María es un corazón que dice constantemente Ecce Agnus Dei (He aquí el Cordero de Dios).
La nota doctrinal Mater Populi Fidelis representa un hito en la teología ma-riana contemporánea, no por innovar, sino por sistematizar y clarificar una en-señanza constante de la Iglesia, afron-tando las ambigüedades de la termino-logía devocional. María, junto a Jesús en la obra redentora, se presenta como la socia compañera y cooperadora del Redentor, nunca como su rival o como un sujeto autónomo de redención. Es la llena de gracia, la Inmaculada, la Asun-ta al cielo y la Madre de la Iglesia, pero estas prerrogativas únicas no alteran la distancia ontológica entre Creador y criatura.
La Virgen María no es Dios y no puede salvar. En este mes de mayo, la Iglesia está llamada a redescubrir a María bajo esta luz cristocéntrica: no como un fin, sino como el medio más perfecto para llegar a Jesús, cuya gracia es la única que salva y cuya mediación es la única que reconcilia al mundo con el Padre. Al rechazar el título de corredentora, el Magisterio no empobrece la piedad mariana, sino que la purifica y la robustece, haciéndola más auténtica, más bíblica y, en última instancia, más eclesial.