Periodico La Verdad

EL PERDÓN: Punto de partida para lograr la paz

Por: Pbro. Javier Alexis Agudelo Avendaño, párroco de Jesucristo Buen Pastor.

FOTO: CCDC

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9).

El Compendio de Doctrina Social de la Iglesia (CDSI), subraya que la paz de Cristo consiste primero en la reconciliación con el Padre, realizada por la misión confiada a los discípulos, y que se expresa luego como reconciliación entre hermanos: al pedir “perdón” en el “Padre nuestro” estamos unidos a la disposición de perdonar (CDSI 492). Ahí mismo se conecta con la Bienaventuranza: de la doble reconciliación.

La palabra perdón posee una gran riqueza etimológica y teológica. Su significado va mucho más allá de “disculpar” una ofensa; implica un acto de donación, reconciliación y restauración. El término perdón proviene del latín perdonum o, más directamente, del verbo perdonare.

Este verbo se compone de dos elementos: per: prefijo intensivo que significa “completamente”, “por entero”, “del todo”. Y donare: “dar”, “regalar”, “hacer un don”, derivado de donum, que significa “regalo” o “don”. Por tanto, perdonare significa literalmente: “dar por completo”, “conceder plenamente”, “hacer un don total”. En el hebreo antiguo uno de los términos para referirse al perdón es: אָׂשָנ (nasáʾ) y se refiere literalmente “levantar”, “llevar”, “quitar una carga”. Perdonar es quitar el peso del pecado.

Cuando se habla que el perdón es el camino para construir la paz, hay que tener en cuenta que un criterio esencial del perdón y de la reconciliación es la justicia, y que a su vez tiene su criterio último en la ley de Dios, en su designio de amor y misericordia sobre la humanidad (Dives in misericordia 14).

Entendida así, la justicia no se limita a establecer lo que es recto entre las partes en conflicto, sino que mira sobre todo a restaurar relaciones auténticas con Dios, consigo mismo, con los demás. No existe, por tanto, contradicción alguna entre perdón y justicia. El perdón, en efecto, no elimina ni disminuye la exigencia de la reparación, que es propia de la justicia, sino que apunta a reintegrar tanto a las personas y grupos en la sociedad, como a los Estados en la comunidad de las naciones.

El perdón es camino para la paz porque no nace de negar el mal, sino de la misericordia de Dios en Cristo que, haciendo una donación total de sí, reconcilia y comunica su paz; el perdón al unirse con la justicia, sanas heridas reales y reconstruye relaciones hasta el “orden recto” que puede habitar en el corazón de la Iglesia y la comunidad.

Los Padres de la Iglesia, al comentar Mt 5, 9, insisten en un punto esencial: la paz verdadera no se improvisa sólo “desde afuera”. San Jerónimo y san Agustín describen que el pacificador es quien hace primero la paz dentro de sí mismo; es decir, empieza a ordenar la vida interior, apacigua las disputas de las pasiones y subordina el desorden del pecado a la razón y a Dios.

Para el cristiano, hacer la paz no es opcional ni solo “evitar problemas”: es un compromiso que brota del Evangelio y de la vocación bautismal.

Y la Iglesia entiende que participar en el Reino de Dios implica reconciliación con Dios y con los demás: la paz de Cristo comienza con la reconciliación que Dios realiza, y se manifiesta después como reconciliación entre hermanos. San Pablo en su carta a los cristianos residentes en Roma dice: “en cuanto dependa de ustedes, tengan paz con todos” (Rom 12, 18). El cristiano debe hacer todo lo que esté a su alcance para preservar la paz, sin volverse cómplice de la maldad.

Podemos concluir diciendo que la paz no es simplemente un deseo humano ni una utopía social; es un don de Dios y, al mismo tiempo, una tarea confiada a todo discípulo de Cristo. El cristiano no puede permanecer indiferente ante la violencia, la injusticia o la división. Desde el día de su bautismo ha sido llamado a ser constructor de paz, porque sigue a Jesucristo, el Príncipe de la Paz (Is 9, 5) y ha recibido la misión de prolongar su obra reconciliadora en el mundo.

Trabajar por la paz es recorrer el camino de la reconciliación llevando a cabo unas tareas específicas como: promover el diálogo; buscar la reconciliación; defender la dignidad humana; denunciar la injusticia sin recurrir al odio y sembrar esperanza donde reina el desánimo. Es donarse en su totalidad al punto que se invita al cristiano a presentarse “como ofrenda viva, santa y agradable a Dios” (Rom 12, 1).

“Para conseguir la paz, se necesita valor, mucho más que para hacer la guerra. Se necesita valor para decir sí al encuentro y no al enfrentamiento; sí al diálogo y no a la violencia; sí a la negociación y no a la hostilidad; sí al respeto de los pactos y no a las provocaciones; sí a la sinceridad y no a la doblez. Para todo esto se necesita valor, una gran fuerza de ánimo” (Papa Francisco).