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Periodico La Verdad

La primera encíclica del PAPA LEÓN XIV y las “novedades” del SIGLO XXI

Fotos: tomadas de internet

Por: Pbro. Marcelo Raúl Zubía, C.R., sacerdote teatino argentino, doctor en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana.

Quizás fuimos sorprendidos hace más de un año, para ser más precisos, el 8 de mayo de 2025, cuando en la Plaza San Pedro, en Roma, Italia, en la Columnata ba­rroca que la abraza, se hiciera reso­nar el nombre secular del neoelecto Papa: Robert Francis Prevost, que adoptaba para su pontificado el nom­bre de León XIV. Detrás del nombre adoptado por el primer Papa nor­teamericano se escondía un enigma que se develaba ante nuestros ojos mientras este año se fue desarrollan­do. Paso a paso el sabio religioso agustino, antiguamente obispo de Chiclayo, en el Perú, con su andar acostumbrado a las largas medita­ciones nos confrontó con una reali­dad apremiante: una nueva revolu­ción industrial estaba en acto. Esta vez, de corte eminentemente tecno­lógico. Se trataba de la referencia a un despliegue de recursos que están dando vida a un fenómeno de am­plio espectro, que identificamos, en líneas generales, como “Inteligencia Artificial” (de ahora en más, IA).

La cuestión a la que nos enfrenta este revolucionario fenómeno tec­nológico tiene que ver con su im­pacto sobre la condición humana. Y desde aquí nos surge la pregunta: ¿permaneceremos “humanos”, con­templándonos en los procesos de de­sarrollo, generación y aplicación de estas nuevas tecnologías a la vida del hombre en el presente estadio de su evolución, o no?

La primera Carta En­cíclica del Papa León XIV, se hace eco de esta pregunta para invitarnos a una doble contempla­ción.

En primer lugar, el San­to Padre nos ofrece una visión nítida del sustra­to más profundo del ser humano como creatura que se des­pierta al goce verdadero de su dig­nidad, destacando su belleza. Por ello, la Encíclica no podía menos que llamarse Magnifica Humanitas (de ahora en más, MH). La grande­za del hombre tiene, por lo tanto, un color colectivo, no se agota en la Babel del individualismo narcisista, que agobia y confunde. Precisamen­te, nuestra apelación a “Babel” tiene la intención de mostrar uno de los polos de la dialéctica inicial de esta encíclica (Cf. MH, 1). El otro polo es la construcción de la ciudad terrena en la cual Dios habita con el hombre (Íbid.). En el documento pontificio se contraponen dos figuras bíblicas que tienen que llamarnos a una re­flexión continua. La antinomia se da entre la torre de Babel y las murallas de Jerusalén. La primera referencia la encontramos en Gen 11, 1-9. La segunda referencia puede verificarse como eje motivador y programático del Libro de Nehemías (capítulos 1-6).

En segundo lugar, la fuerza hermenéutica del texto pontificio radi­ca en la referencia a la “custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”. Este punto, contenido en el título de la encíclica, es de vital importancia. Porque el acento no está puesto so­lamente en la valoración del avance tecnológico, sino, más bien, en el pe­renne valor de la persona humana, la cual circunscribe una dignidad y es sujeto de obligaciones y de derechos. El segundo punto de contemplación, entonces, es la inalienabilidad de esa dignidad y de esos derechos frente al poder fáctico que constituyen las nuevas tecnologías.

Por ello es importante tener en cuen­ta la “Introducción” a la Encícli­ca como fuente hermenéutica para abrevar en los criterios que nos ayu­darán a interpretar y proyectar hacia la acción el resto del documento de León XIV.

Indudablemente, los dos puntos de contemplación que señalábamos más arriba emparentan Magnifica Humanitas a aquella recordada en­cíclica Rerum Novarum (1891) de León XIII (Papa entre los años 1878 y 1903), que diera forma e impulso a la “Doctrina social de la Iglesia” (Cf. MH, 3). Las “nuevas cuestiones” de 1891 veían a la clase trabajadora so­metida a los ritmos de una produc­ción industrial de masa, que también afectaba su dignidad y sus derechos. Las “novedades” de 2026 ven una mayor complejidad en el mundo del post-trabajo industrial. Esa comple­jidad se da en la amplificación de ciertas problemáticas que atañen a la integración de las personas en los procesos productivos actuales y el riesgo de que la creciente tecnifica­ción de esos procesos lleve a despla­zar ingentes masas de hombres fuera del circuito productivo. Cabe seña­lar, además, que se opera un proceso de rediseño de la configuración de lo humano, en la perspectiva de su con­tinuo “mejoramiento” a partir de los usos y aplicaciones de la IA.

Claro está, el Papa León XIV asu­me, en la corriente de continuidad con la enseñanza de los Pontífices que lo precedieron, el valor de la técnica en ese mejoramiento de la condición humana. Pero, a su vez, no deja de llamar la atención sobre la ambigüedad que trae consigo el despliegue de las innovaciones en la técnica. Si bien la tecnología no entraña en sí misma un mal, no se puede negar que el poder tecnológi­co puede generar efectos distorsivos (Cf. MH, 5). Y esta distorsión nace desde el agente que opera esa tecno­logía, gestionándose a nivel privado, sin autenticar reglamentaciones pú­blicas, que aseguren la defensa del bien común.

Un principio rector, a par­tir del cual considerar lo que la Encíclica analiza y valora, se cifra en la com­prensión de la tecnología como realidad de la cual se puede predicar que no es neutral (Cf. MH, 9), que se genera en la mis­ma tensión entre innova­ción y consecuencias no deseadas de la misma. Esa no-neutralidad hace entrar en causa el discernimiento respecto del agente que aplica la tecnología, la fi­nalidad de su uso y las condiciones objetivas de producción que sostie­nen y movilizan la conformación de los nuevos procesos que modernizan la aplicación de la tecnología a la construcción de la sociedad.

Un criterio que la Encíclica aporta para valorizar el proceso de cons­trucción social desde el poder que comportan las nuevas tecnologías es el de descubrir el “rostro” de aquel que concibe, financia, regula y utili­za esas tecnologías (Cf. MH, 9). La construcción de la ciudad terrena, a partir de las contradicciones que, en tanto humana, están en su proceso de forjamiento, invita a la transparencia de los actores que participan de ese proceso.

Aquí es donde asume un rol diná­mico y crítico el uso de dos figuras bíblicas que tratan de reunir nuestra atención acerca de la construcción de la ciudad terrena, el uso de las nuevas tecnologías de matriz ciber­nética y el ejercicio del poder social.

Así, el desafío es entrar en diálogo con “el síndrome Babel” y “el cami­no de Nehemías”, que nos situarán en el ámbito oportuno de crítica a la consolidación de un poder que orien­ta la vida de las diversas sociedades que se integran en la constitución de la sociedad globalizada actual.

La lógica de Magnifica Humanitas incorpora como concepto activo la recepción de la vulnerabilidad que afecta a la condición humana. Pensar en Babel es pensar en la idolatría del dinero y del bienestar, en el deterioro de aquello que con ma­yor nitidez refleja lo que el hombre es: una cria­tura frágil que necesita establecer redes de con­tención y sostenimiento. Por tanto, el ser humano que el hombre tiene que desarrollar, se abre a una inmensidad de posibi­lidades y se descubre tantas veces superior a sus propias fuerzas. Ser custodio y cultivador del jardín en el cual Dios lo ha puesto (Cf. Gen 2, 15) exige solidaridad y respeto, in­tegración de las diferencias y reco­nocimiento de las necesidades que interesan a todos.

La vulnerabilidad, en la perspectiva del camino de Nehemías, representa todas aquellas “piedras desechadas” por los arquitectos de Babel. En­tonces, esas piedras, recogidas por los siervos del Reino, a partir de un discernimiento moral, espiritual y político honesto, equilibrado y ca­ritativo, se transforman en piedras angulares para la construcción de la sociedad terrena (Cf. MH, 16). En este sentido, se da una continuidad entre el pensamiento del Papa Fran­cisco, que denunciaba la cultura del descarte, invitando a impulsar una cultura del encuentro, y las ideas que presenta el Papa León XIV llamán­donos a no ser espectadores pasivos del drama humano, en la fase y en la época que fueran, para permanecer humanos, defendiendo la belleza de la humanidad (Cf. MH, 16).

Si el Romano Pontífice actual nos habla desde la dignidad humana, la revalorización de las fragilidades que envuelven al hombre y la con­frontación con una arquitectura del poder que desorienta y estimula el culto a la eficiencia en lo efímero. No podemos menos que esperar que nuestro Papa diseñe una visión inte­grativa de la IA, en tanto, reconoce y expresa la dinámica histórica en la cual la Iglesia actúa y las sociedades se mueven.

No se rechaza lo que la IA represen­ta como aporte al desenvolvimiento de nuevas fuerzas productivas y al bienestar social. Se caracteriza, en cambio, la situación en la que la IA puede ser utilizada solamente en tér­minos de eficiencia y mayor lucro, como parte del paradigma tecnocrá­tico que está vigente en el desarro­llo de la sociedad contemporánea. La alusión a este paradigma es otro punto en el cual Francisco y León se encuentran y continúan el ejercicio profético de la defensa de la casa co­mún, esto es, del ecosistema global en el que nos desenvolvemos y vi­vimos.

El Papa León XIV establece, ade­más, un principio rector para com­prender qué cosa sea la IA: “lo que podemos decir es que hay que evitar el equívoco de equiparar esta “inteli­gencia” a la humana” (MH, 99). Las nuevas tecnologías, comprendidas en su valencia sistémica, “imitan ciertas funciones de la inteligencia humana”, Íbid.

En este sentido, tiene un con­tenido de fuerte contextu­ra teológica la “conclu­sión” de la Encíclica. En este apartado fi­nal, el Santo Padre recrea la figura del Cuerpo de Cristo para pensarnos desde un ángu­lo distinto, a la hora de afrontar la cuestión que ocupa este docu­mento. Por eso, la custodia de la perso­na humana es misión esencial de la Iglesia, esto es, de ese Cuerpo Místico que confeccio­na el Sacramento de la Eucaristía, la cual, a su vez, edifica la Iglesia, como ya se viene enseñando insis­tentemente desde San Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Para permanecer humanos tenemos que sembrar la semilla del Reino. Esa siembra se condensa en el que­hacer eclesial dentro de las murallas de la ciudad terrena, apoyándose en la roca de la fe en el Dios de Jesu­cristo. Porque “la Iglesia, alimenta­da por la Eucaristía, está llamada a hacer visible otro tipo de medida, custodiando los vínculos, devolvien­do la voz a los invisibles y orientan­do los procesos hacia la dignidad de las personas” (MH, 235).

Busquemos las “novedades” de este otro tipo de medida, abundante de vida, de solidaridad y de justicia. Allí la Inteligencia Soberana, que ordena todas las cosas, manifestará su infinita generosidad, que nos ayu­dará a comprender el mejor modo de usar lo que nuestra inteligencia genera y que se refleja en la utilidad de los ins­trumentos técnicos que potencian nuestro modo de estar en el mun­do.