Periodico La Verdad

La Eucaristía centro de la vida eclesial

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta.

Caminamos juntos en la ce­lebración de los 70 años de nuestra Diócesis de Cúcuta, sostenidos por la gracia de Dios y fortalecidos por la Eucaristía; el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Se­ñor Jesucristo, que nos ha alimenta­do en esta historia de fe, esperanza y caridad y nos ha ayudado a cons­truir esta Iglesia Particular, porque “del Misterio Pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del Misterio Pas­cual, está en el centro de la vida eclesial. Se puede observar esto ya desde las primeras imágenes de la Iglesia: acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Ecclesia de Eu­charistia 1).

La Iglesia vive de la Eucaristía, re­cibe del sacramento de nuestra fe la gracia para ser comunidad de cre­yentes que tiene su meta en la vida eterna. Por eso, también la Eucaris­tía nos abre el camino a la eterni­dad: “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 54); de tal manera, que la Eucaristía tiene que ocupar un lugar central en nuestra vida cristiana. Así lo enseñó el Concilio Vaticano II cuando afir­mó que “la Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana” (LG 11) y “fuente y cima de toda evangelización” (Presbyterorum Ordinis 5), camino evangelizador que estamos recorriendo en nuestra diócesis en salida misionera.

Somos conscientes que hoy estamos recogiendo los frutos de la siembra del Evangelio en estos años de his­toria. Pero tenemos que reconocer que en esa siembra nunca ha falta­do la Eucaristía, como el milagro más grande del mundo; por eso, no tenemos que esperar milagros o manifestaciones extraordinarias en nuestra vida de fe, porque en la Eucaristía tenemos al que es todo, a Jesucristo nuestro Señor, tal como nos lo ha enseñado el Concilio: “la Sagrada Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo” (PO 5).

El camino de nuestra fe fortalecido con el sacramento de la Eucaristía nos debe llevar a una experiencia profunda de amor, porque la Eu­caristía es escuela de caridad, de perdón y reconciliación. Es in­dispensable en los mo­mentos actuales, cuan­do la humanidad está desgarrada por odios, violencias, resentimien­tos, rencores y venganzas, que están destruyendo y dividiendo la vida de las personas, de las familias y de la sociedad, que se percibe des­moronada y abatida por la falta de Dios en el corazón de cada persona que deja entrar toda clase de males. Nuestra ciudad y nuestra región pa­dece muchas divisiones que produ­cen violencia. Frente a este mal que nos agobia, la historia diocesana da razón que la Eucaristía crea la co­munidad, la construye día a día y la sostiene por siempre en comunión, “la Eucaristía crea comunión y educa a la comunión” (Ecclesia de Eucharistia 40).

Frente a tantas incertidumbres y di­ficultades que pretenden desanimar a quienes trabajan por el estableci­miento del bien y la comunión entre los pueblos, es necesario que brille la esperanza cristiana. Ella, necesa­riamente tendrá que brotar de la Eu­caristía, que cura todas las heridas provocadas por el mal y el pecado que se arraiga en la vida personal y social. Pero también, sana la des­esperación en la que podemos caer, frente a tanto mal y violencia en el mundo y en nuestra región, donde la vida humana es pisoteada, destruida y el ser humano es manipulado por todas las formas de mal que quieren arraigarse en la sociedad. Somos curados de la división y del mal, con la Eucaristía, sacramento de la fe y de la comunión, que es forma superior de oración que ilumina la historia per­sonal como historia de salvación, donde Dios está siempre presente y al centro de cada com­bate humano, cristiano y espiritual.

Esta realidad que vi­vimos en torno a la Eucaristía se lleva a plenitud en la Iglesia y concretamente en la diócesis; como nos dice el Concilio “ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la Santísima Eucaristía” (LG 11). Realidad que ha profundizado San Juan Pablo II cuando nos ha enseñado que “la Iglesia vive de la Eucaristía” aña­diendo además que “esta verdad encierra el nú­cleo de misterio de la Iglesia. Ésta experimen­ta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: he aquí que yo estoy con ustedes to­dos los días hasta el fin del mun­do”(Ecclesia de Eucharistia 1).

Agradecidos con Dios por los 70 años de vida diocesana, reconoz­camos el don de la Eucaristía que nos permite seguir caminando jun­tos, cumpliendo con el mandato misionero: “vayan y hagan discí­pulos” fortaleciendo la comunidad eclesial, de la cual la Eucaristía es el centro que nos ayuda a vivir en comunión, participación y misión. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, nos al­cancen del Señor todas las gracias y bendiciones necesarias, para re­conocerlo en la Sagrada Eucaristía, que es el sacramento de nuestra fe, que nos relaciona íntimamente con la Iglesia y con cada creyente que comulga el día del Señor en gracia de Dios.

En unión de oraciones,  reciban mi bendición.