Ir al contenido principal

Periodico La Verdad

“El desierto se convirtió en mi santuario”: hermana Gloria Cecilia, un testimonio de fe que venció al miedo

Fotos: CCDC

Durante cuatro años y ocho me­ses, la hermana Gloria Cecilia Narváez, religiosa colombiana de la Congregación de las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, permaneció secuestrada por un grupo extremista en el desierto del Sahara. Lejos de quebrantar su fe, aquella ex­periencia fortaleció su confianza en Dios y la convirtió en un testimonio vivo de esperanza, perdón y reconci­liación. En diálogo con La Verdad, la misionera comparte cómo la oración, la Eucaristía y el Santo Rosario fueron su sostén en medio del sufrimiento y nos deja un mensaje para una sociedad que anhela la paz.

Hermana, gracias por acompañar­nos. Queremos saber: ¿quién era la hermana Gloria antes del secuestro, y quién es hoy, después de esta expe­riencia de vida y de fe?

Hermana Gloria Cecilia: un frater­nal saludo de paz. Soy la hermana Gloria Cecilia.

Antes de mi secuestro, una religiosa apasionada por la misión desde mi niñez. Mis padres me cultivaron mu­cho el amor a Dios, a la Virgen Ma­ría, a la Sagrada Eucaristía, sobre todo esa sensibilidad para hacer el bien a los demás. Cuando terminé mis es­tudios, ingresé a la comunidad de las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, donde en la formación afiancé ese amor más grande a la Sa­grada Eucaristía. Por esa experiencia tan grande que se vive en nuestra casa de formación de la Congregación de Franciscanas de María Inmaculada. Y a partir de mi profesión, tuve la dicha de ir a muchos lugares de misión, en­tregarme por entero al servicio de los demás. Un servicio misionero que me ha evangelizado, me ha humanizado y que me ha hecho vibrar de emoción por esa entrega sensible al dolor del que sufre y, más ahora, al dolor del que está secuestrado, del que ha per­dido su libertad.

Ahora, después del secuestro, pues soy una servidora que ha experimenta­do la debilidad extrema, pero la gracia inabarcable de Dios, que me acompa­ñó durante cuatro años y ocho meses en un secuestro que viví en el sufri­miento, el dolor, la esperanza. Pero sabiendo que la gracia de Dios, me acompañó durante todo este tiempo, y que el dolor no es un castigo, sino es un misterio insondable que nos lleva a unirnos a la cruz de Cristo, que me hizo también sentarme en las cenizas de mi propia vida y purificar mi fe.

Queremos saber ¿cómo experimentó la presencia de Dios en me­dio de ese sufrimiento, de la incertidumbre y de la soledad?

H.G.C: durante esos cua­tro años y ocho meses convertí el desierto del Sahara en mi santuario. En el sol que salía cada día tan fuerte como una bola de fuego. Para mí no fue un castigo, sino el beso de Dios y la “sagrada hostia” que me acompañó durante todo este tiempo.

Experimentaba como el Señor me abrazaba, la Virgen María me cubría con su manto. Y durante todo este tiempo experimenté de mis captores, el maltrato físico, el maltrato psico­lógico. Dios estaba ahí. Dios siempre enviaba a sus ángeles que, a pesar del agua contaminada con gasolina o con químicos, que era para causar enfermedad o para asfixiarme, sentía como Dios me cuidaba, sentí su presencia en todo momen­to. Y pues la oración fue la fuerza que me ayudó, porque yo dibujé el cáliz en la arena del desierto y también junté muchas pie­dritas para rezar el Santo Rosario, porque la camán­dula para ellos es maldita por la cruz que lleva.

Pero yo me valía de muchas cosas para poder tener esa intimidad con el Señor y vivir esta experiencia de dolor y de sufrimiento como una experiencia de fe, de sufrimiento y de esperanza. Al vivirla así, he perdonado, he dejado odios y rencores, esto me ayudó a vi­virla en libertad.

Muchas personas alrededor del mundo oraban por usted. ¿Qué signi­ficado tiene descubrir que la oración de la Iglesia puede sostener incluso a quien no se conoce personalmen­te?

H.G.C: para mí fue una gracia muy especial, porque la oración personal y la oración de muchas personas en la Iglesia me hacían recordar a San Pe­dro, cuando estuvo también encadena­do y como la Iglesia entera estuvo en oración. También sentía, esa fortaleza, esa grandeza de que el sufrimiento no lo vivía sola, sino que alrededor de ese sufrimiento también había muchos hermanos y hermanas que oraban por mí, incluso sin conocerme.

Ahora me encuentro muchas perso­nas que me dicen: “Hermana, yo oré, ore por usted”. Entonces puedo ver la grandeza de la Iglesia, sin fronteras. Los mismos musulmanes, me conta­ban las hermanas que quedaron allá en Mali, que cuando las miraban a ellas se arrodillaban y les pedían perdón, “perdónenos, hermanas, por el mal que hicimos a su hermana, porque noso­tros oramos por ustedes”. La oración, nos lleva a esa fortaleza, porque no era el mero optimismo o el saber que de pronto me podían rescatar, porque había muchos militares de muchos países, que buscaban a una compañe­ra francesa. Esa fe teologal puesta en Dios, que nos fortalece y que sabemos que no estamos solos, sino que la gra­cia de Dios nos acompaña.

Hermana. Usted ha afirmado que el odio no puede tener la última pala­bra. ¿Cómo se aprende a perdonar después de una experiencia tan do­lorosa?

H.G.C: tenemos el ejemplo de Cris­to, ese fue mi referente y sin embargo, sus palabras fueron: “perdónales por­que no saben lo que hacen”. Entonces pienso que debemos liberarnos de esos odios, de todo eso que nos enferma y buscar siempre esa cultura del encuen­tro, del desarme. Desarmar nuestras miradas, desarmar nuestras palabras, desarmar nuestros gestos.

Aunque estuve encadenada, sentí y experimenté ese perdón hacia ellos y sentía esa compasión de ver que jó­venes, niños de catorce años, de trece años manejando armas, con una reli­gión extremista, se inmolaban. Que­rían acabar conmigo, por la religión. Entonces el odio no nos conduce a nada. El perdón nos libera. Busqué en el perdón la libertad de mi propia vida.

Porque oraba mucho por ellos, para que el Señor les diera esa gracia de po­der convertirse, de poder cambiar sus palabras, porque viví insultos muy hi­rientes, torturas, estaba con una com­pañera protestante, para las dos eran torturas muy duras, inclusive ellos tienen una tecnología especial para hacerla. Pero llegué a orar mucho por ellos y decirles a todos que el odio nos enferma, pero el perdonar nos libera y nos da la libertad.

¿Qué enseñanza le dejó este tiempo de prueba que hoy puede iluminar a quienes atraviesan en­fermedades, pérdidas, dificultades familiares o crisis personales?

H.G.C: me ha dejado una gran en­señanza para mi vida, no encadenar nunca a nadie. Estaba encadenada por la religión, pero a veces nosotros también encadenamos a las personas cuando las señalamos, cuando habla­mos mal de ellas, cuando por algo que ellas cometieron, las marcamos. Entonces nunca encadenar a nadie y también vivir desarmados, tener esos ojos, esa mirada y esas palabras mise­ricordiosas del Señor. Siempre buscar esta cultura del encuentro, del diálogo, sin herirnos, sin hacernos daño.

Pienso en nuestra patria Colombia en estos momentos que vive, momentos difíciles de división. Si nosotros de­járamos, esas palabras hirientes, esos mensajes que hacen daño a los demás, buscáramos siempre el encuentro y el diálogo. Nuestro país estaría lleno de paz, hubiese una mejor relación entre nosotros.

Eso me quedó para siempre: tener esa mirada compasiva, esa mirada mi­sericordiosa de Dios, esa mirada des­armada en mis palabras. También me ha dado fuerza para seguir, para vivir con más entrega la misión, porque considero un milagro que el Señor me haya dado la vida. Psicológicamente, físicamente yo volví bien. He estado en misiones muy duras en la costa pa­cífica. Ahora estoy en el Urabá antio­queño, pero feliz de poder entregarme por servir a los demás.

Finalmente, hermana, podría compartir una oración o una bre­ve reflexión para quienes necesitan experimentar que Dios camina con ellos incluso en medio de las pruebas.

H.G.C: cuando estuve en el desierto, como nuestra fundadora es la Madre Ca­ridad y como nuestra espi­ritualidad es franciscana, la oración de la paz fue algo fuerte en mí. Amar sin ser amado, respetar aunque no me respetaban, me insultaban. Ser luz aún en medio de la oscuridad y perdonar. Amar, servir cuando ellos lo necesita­ban. A veces se enfermaban, los he­rían. Pero yo estaba presta, como al servicio, para ayudarlos a ellos.

Siempre buscando la paz, sabiendo que el silencio, como decía nuestra madre fundadora: “callar o callar para que Dios nos defienda”. Callar es ha­cer silencio, es callar las lágrimas, callar lo que tú tienes por dentro para que puedas encontrar la paz y también ayudar a que los otros se desarmen. Entonces, para mí, la oración de la paz, que es como el resumen de las bienaventuranzas, fue algo muy fuerte que me acompañó durante mi secues­tro.

La oración espiritualmente me unía a la Sagrada Eucaristía para hacer mi comunión espiritual. También, como el desierto del Sahara fue mi santuario. Yo cada mañana me levantaba como que si yo estuviera, pues, asistiendo a una Eucaristía y repetía la plegaria eu­carística; para siempre manifestarle al Señor: “Este es mi cuerpo que fue en­tregado por ustedes y esta es mi san­gre que fue derramada por ustedes”.

El testimonio de la herma­na Gloria Cecilia Narváez trasciende la historia de un secuestro para con­vertirse en una profunda catequesis sobre la fe, el perdón y la esperanza. Su experiencia demuestra que ninguna cadena puede aprisionar un corazón que permanece unido a Cristo y que la oración tiene la fuerza de sostener la vida incluso en los momentos más oscuros. En tiempos marcados por la división y la violencia, su mensaje invita a des­armar el corazón, reconciliarse con el prójimo y confiar en que el amor de Dios siempre tiene la última palabra.